Devocional diario · 23 de junio
Una sed que solo él sacia
“Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida. En eso, llegó una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dijo:―Dame un poco de agua. Pero como los judíos no se llevaban bien con los samaritanos, la mujer le respondió: ―¿Cómo se te ocurre pedirme agua, si tú eres judío y yo soy samaritana? Jesús le contestó:―Si supieras lo que Dios puede darte y quién es el que te está pidiendo agua, serías tú la que le pediría agua a él y él te daría agua que da vida. La mujer le dijo: ―Señor, ni siquiera tienes con qué sacar el agua y el pozo es muy hondo. ¿Cómo me vas a dar agua que da vida? Nuestro antepasado Jacob nos dejó este pozo y de aquí bebía agua él, sus hijos y su ganado. ¿Acaso eres tú superior a Jacob? Jesús respondió:―Cualquiera que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le dé, no volverá a tener sed jamás, porque dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna.”
Jesús, cansado del camino, le pide de beber a una mujer samaritana, cruzando barreras de etnia, género y reputación. Empieza con una petición, no con un reproche. Luego lleva la conversación al agua viva, un don que se convierte en manantial dentro de la persona. Sus viajes diarios al pozo reflejan nuestros intentos repetidos de saciar una sed más profunda con cosas que nos dejan sedientos otra vez: aprobación, ocupaciones, relaciones, pantallas. Jesús no avergüenza la sed; señala lo que puede saciarla. Hoy fíjate en el momento en que buscas algo para llenar un vacío interior: el teléfono, un bocadillo, un desplazamiento infinito. En ese instante respira y di en voz baja: Jesús, tengo sed de ti. Quizá aún hagas la cosa cotidiana, pero te habrás vuelto hacia la fuente verdadera.
Oración
Jesús, conoces mi sed más honda. Lléname con tu agua viva.

