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Devocional diario · 26 de febrero

Orar de todos modos

“Pero aunque Daniel lo supo, se fue a su hogar y se arrodilló como de costumbre en su dormitorio en la planta alta, con sus ventanas abiertas hacia Jerusalén, y oró tres veces al día, tal como siempre lo había hecho, dando gracias a su Dios. Entonces todos estos hombres vinieron a la casa de Daniel y lo encontraron orando e invocando a su Dios. Volvieron en seguida ante el rey y le recordaron su prohibición. ―¿No ha firmado una ley, le dijeron, que no permite ninguna petición a ningún dios u hombre, que no sea usted, durante un plazo de treinta días? ¿Y que todo aquel que lo desobedeciera fuera arrojado a los leones? ―Sí, respondió el rey, es una “ley de los medos y los persas”, que no puede ser alterada ni cambiada. Entonces le contaron al rey: ―Pues Daniel, uno de los cautivos judíos, no está prestando ninguna atención ni a usted ni a esta ley. Por el contrario, él está solicitando favores a su Dios tres veces al día. Al oír esto, el rey se enojó consigo mismo por haber firmado semejante ley, y se propuso salvar a Daniel. Pasó el resto del día tratando de encontrar alguna manera de sacar a Daniel de este aprieto. Al atardecer, los hombres volvieron ante el rey y le dijeron: ―Su Majestad sabe bien que, según la “ley de los medos y los persas”, ninguna ley que el rey firme se puede cambiar ni anular. Al fin, el rey se vio obligado a dar la orden para arrestar a Daniel, y este fue llevado al foso de los leones. El rey le dijo entonces: ―Que tu Dios, a quien siempre le eres fiel, te salve. Y trajeron una piedra que colocaron sobre la boca del foso y el rey selló la piedra con su anillo y con el anillo de los principales de su gobierno, para que nadie pudiera rescatar a Daniel de los leones. Luego el rey volvió a su palacio y se acostó sin cenar. Rechazó su diversión habitual y no pudo pegar los ojos en toda la noche. Muy temprano, a la mañana siguiente, se dirigió a toda prisa al foso de los leones, y llamó con voz angustiada: ―¡Oh Daniel, servidor del Dios viviente!, ¿pudo tu Dios, a quien eres fiel siempre, librarte de los leones? Entonces oyó una voz: ―¡Oh rey, viva para siempre! Mi Dios ha enviado su ángel para cerrar las fauces de los leones para que no pudieran tocarme; pues soy inocente ante Dios, y no he hecho mal a nadie. El rey se puso muy contento y ordenó que Daniel fuera sacado del foso. Y no se encontró siquiera un rasguño en él, porque había confiado en su Dios, quien lo protegió.”
Daniel 6:10-23 (NBV)Leer el capítulo completo →

Daniel sabía del decreto que echaría a los leones a quien orara a otro que no fuera el rey. Volvió a su casa, abrió sus ventanas y oró tres veces al día como siempre lo había hecho. No hubo bravuconería; simplemente no cambió su hábito de fidelidad. Por la mañana, el rey lo encontró vivo, y Daniel explicó que Dios había enviado a su ángel para cerrar la boca de los leones. La historia no promete que los fieles siempre serán librados del peligro; otras historias bíblicas terminan de otra manera. Sí muestra que la fidelidad constante en los ritmos cotidianos nos prepara para la crisis. Hoy decide un pequeño ritmo diario de oración y cúmplelo: mañana, mediodía o noche. Elige una hora y un lugar. Luego pide a Dios valor para mantenerte fiel cuando cueste algo y para dejar el resultado en sus manos.

Oración

Dios, hazme constante en la oración y valiente en la fidelidad; dejo el resultado en tus manos. Amén.

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