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Devocional diario · 3 de diciembre

Hágase en mí

“A los seis meses, Dios envió al ángel Gabriel al pueblo de Nazaret, que pertenecía a la región de Galilea. Fue a visitar a una joven virgen llamada María, que estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, que era descendiente del rey David. El ángel entró donde ella estaba y le dijo: ―¡Te saludo, a ti que has recibido la bendición de Dios! El Señor está contigo. María se sorprendió al escuchar estas palabras, y se preguntaba qué significaría ese saludo. El ángel le dijo: ―No tengas miedo, María, porque Dios te ha concedido su favor. Vas a quedar embarazada y tendrás un hijo, y lo llamarás Jesús. Él será un gran hombre, y le darán el título de Hijo del Altísimo. Dios el Señor lo hará rey como hizo rey a su antepasado David, y reinará para siempre sobre el pueblo de Jacob. Su reinado no tendrá fin. María le preguntó al ángel: ―¿Cómo va a suceder esto, puesto que soy virgen? El ángel le contestó: ―El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por lo tanto, al santo niño que va a nacer lo llamarán Hijo de Dios. También tu parienta Elisabet, a pesar de ser anciana, va a tener un hijo. La gente decía que ella era estéril, y desde hace seis meses está embarazada, pues para Dios no hay nada imposible. María dijo: ―Soy la esclava del Señor. Que él haga conmigo como tú me has dicho. Y entonces el ángel se fue.”
Lucas 1:26-38 (NBV)Leer el capítulo completo →

María es joven, sencilla y de pronto un ángel le habla con una noticia que trastornará sus planes y su reputación. Hace una pregunta sincera, cómo será esto, y recibe una respuesta que no lo explica todo, pero promete la presencia de Dios. Entonces dice que sí. Sus palabras son sencillas: es la sierva del Señor y desea que suceda lo que Él ha dicho. La fe aquí no es ausencia de preguntas; es confiar en Aquel que las responde. Muchos esperamos claridad total antes de obedecer, pero Dios suele dar solo el siguiente paso y a sí mismo. Hoy piensa en algo que sientes que Dios te pide, quizás una reconciliación, un hábito o un servicio. Escríbelo, dile tus preguntas sinceras y ofrece un sí como el de María para esa única cosa. La obediencia pequeña, dada con libertad, es donde comienzan las grandes historias.

Oración

Señor, soy tuyo. Donde me guíes, dame valor para decir que sí, aun con mis preguntas. Amén.

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