Rut era una joven de Moab, el país al este del mar Muerto que Israel solía ver como rival y, a veces, como enemigo. Se casó con un hombre de una familia israelita que había huido de Belén por el hambre, y en pocos años enterró a su esposo, igual que su suegra Noemí y su cuñada Orfa (Rut 1:1). Tres viudas, sin hijos, sin tierra, sin nadie que las protegiera. Ahí empieza el libro que lleva su nombre.
La Biblia le dedica a Rut un libro entero, uno de los dos que llevan nombre de mujer, y cuenta su historia con una ternura poco común. Ella no es profetisa, ni jueza, ni reina. Es una extranjera que eligió a un pueblo y a un Dios que no eran suyos de nacimiento, y que fue recibida. Al final del libro ya es la bisabuela del rey más grande de Israel (Rut 4:17), y Mateo la incluye en la genealogía de Jesús, una de las pocas mujeres que aparecen ahí (Mateo 1:5).
Su historia transcurre en el periodo oscuro de los jueces, cuando, según el narrador, cada quien hacía lo que le parecía bien. Sobre ese fondo, el libro de Rut se lee como una lámpara encendida en una ventana: gente común que se mantiene fiel unos a otros, y Dios obrando en silencio a través de ellos.


