David era el menor de los ocho hijos de Isaí, un hombre de Belén, y estaba cuidando ovejas cuando el profeta Samuel llegó a ungirlo como el próximo rey de Israel (1 Samuel 16:1). A nadie se le había ocurrido llamarlo. Samuel estaba a punto de elegir a uno de los hermanos mayores, más altos y de mejor presencia, pero Dios le recordó que la gente se fija en la apariencia mientras él mira el corazón (1 Samuel 16:7).
Con el tiempo llegó a ser el rey más grande de Israel: unió a las tribus, conquistó Jerusalén, la convirtió en capital y llevó allí el arca del pacto. Reinó unos cuarenta años, siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén (2 Samuel 5:1). Fuera de Moisés, ningún personaje ocupa tantas páginas del Antiguo Testamento, y buena parte de los salmos lleva su nombre.
Aun así, la Biblia no lo maquilla. Cuenta su adulterio, el encubrimiento y el asesinato al que lo llevó, sus fallas como padre y la guerra civil que casi le cuesta el trono. No se le recuerda como un hombre perfecto, sino como alguien cuyo corazón volvía una y otra vez a Dios, que es justo como lo describe el Nuevo Testamento (Hechos 13:22). Mateo abre su evangelio situando a Jesús en la línea de David (Mateo 1:6), y el ángel le anunció a María que su hijo recibiría el trono de David (Lucas 1:32).


