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Personajes de la Biblia · Antiguo Testamento · 4 min de lectura

¿Quién fue David en la Biblia?

El pastorcito de Belén que venció a Goliat, llegó a ser el rey más grande de Israel y escribió muchos salmos, y cuyas caídas y arrepentimiento se cuentan con la misma honestidad que sus victorias.

Época

La monarquía unida de Israel, alrededor de 1010–970 a. C.

Quién fue

Pastor, salmista, segundo rey de Israel y antepasado de Jesús

Familia y personas cercanas

Padre
Isaí
Primera esposa
Mical
Esposa
Betsabé
Hijo y sucesor
Salomón
Hijo
Absalón
Bisabuela
Rut

Quién fue

David era el menor de los ocho hijos de Isaí, un hombre de Belén, y estaba cuidando ovejas cuando el profeta Samuel llegó a ungirlo como el próximo rey de Israel (1 Samuel 16:1). A nadie se le había ocurrido llamarlo. Samuel estaba a punto de elegir a uno de los hermanos mayores, más altos y de mejor presencia, pero Dios le recordó que la gente se fija en la apariencia mientras él mira el corazón (1 Samuel 16:7).

Con el tiempo llegó a ser el rey más grande de Israel: unió a las tribus, conquistó Jerusalén, la convirtió en capital y llevó allí el arca del pacto. Reinó unos cuarenta años, siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén (2 Samuel 5:1). Fuera de Moisés, ningún personaje ocupa tantas páginas del Antiguo Testamento, y buena parte de los salmos lleva su nombre.

Aun así, la Biblia no lo maquilla. Cuenta su adulterio, el encubrimiento y el asesinato al que lo llevó, sus fallas como padre y la guerra civil que casi le cuesta el trono. No se le recuerda como un hombre perfecto, sino como alguien cuyo corazón volvía una y otra vez a Dios, que es justo como lo describe el Nuevo Testamento (Hechos 13:22). Mateo abre su evangelio situando a Jesús en la línea de David (Mateo 1:6), y el ángel le anunció a María que su hijo recibiría el trono de David (Lucas 1:32).

Momentos clave

El gigante del valle. Siendo apenas un muchacho que llevaba provisiones a sus hermanos, David encontró al ejército de Israel paralizado por un campeón filisteo llamado Goliat. Se ofreció a pelear, rechazó la armadura de Saúl y salió con una honda y con su confianza en el Dios de Israel, declarando que el resultado estaba en manos del Señor (1 Samuel 17:45). Bastó una piedra. La victoria lo hizo famoso y, muy pronto, despertó los celos del rey Saúl (1 Samuel 18:7).

La cueva de En-gadi. Saúl pasó años persiguiendo a David por el desierto. Un día entró solo a la misma cueva donde David y sus hombres estaban escondidos. Sus hombres lo animaron a matarlo; David se acercó sin hacer ruido, cortó un borde del manto de Saúl y luego se sintió culpable incluso por eso, porque Saúl seguía siendo el rey ungido por Dios (1 Samuel 24:1). No iba a ganar el trono matando para conseguirlo.

El arca y la promesa. Ya como rey en Jerusalén, David llevó el arca a la ciudad y bailó en la procesión con tanta libertad que su esposa Mical lo despreció por ello (2 Samuel 6:14). Cuando quiso construirle una casa a Dios, Dios le respondió con una promesa: la casa y el reino de David permanecerían para siempre (2 Samuel 7:12). Los cristianos leen esa promesa como cumplida en Jesús.

Betsabé y Natán. En la cumbre de su poder, David vio bañarse a una mujer casada, mandó traerla y, cuando quedó embarazada, hizo que a su esposo Urías lo colocaran donde moriría en combate (2 Samuel 11:1). El profeta Natán lo confrontó con la historia de un rico que le robó a un pobre su única ovejita, y luego la volvió contra el rey (2 Samuel 12:1). David no discutió. Confesó su pecado (2 Samuel 12:13), y el Salmo 51 se lee tradicionalmente como su oración de aquellos días (Salmos 51:1).

El dolor de un padre. Las consecuencias atravesaron a su familia. Su hijo Absalón encabezó una rebelión que sacó a David de Jerusalén, y cuando Absalón murió, el llanto de David por él es uno de los momentos más desgarradores de la Escritura (2 Samuel 18:33). Ya cerca del final, le encargó a Salomón que guardara los caminos de Dios y le entregó el reino (1 Reyes 2:1).

Qué aprendemos de David

David nos muestra cómo es de verdad una vida con Dios: no una línea recta, sino una larga conversación. Pecó gravemente y se arrepintió con la misma hondura, y los salmos nos dejan escuchar ambas cosas, desde la confianza serena (Salmos 23:1) hasta la súplica por un corazón limpio (Salmos 51:10). Cristianos de todas las tradiciones han orado con sus palabras durante tres mil años, porque dicen lo que sentimos y muchas veces no sabemos expresar.

También nos enseña a esperar el tiempo de Dios. Ungido siendo casi un niño, esperó quizá quince años y rechazó todos los atajos antes de llevar la corona. Esperar bien, sin tomar el asunto en sus propias manos, fue en sí mismo un acto de fe.

Y David apunta más allá de sí mismo. La promesa de un trono eterno sobrevivió a sus fracasos y a todos los reyes que vinieron después, y los evangelios anuncian su cumplimiento en Jesús, el hijo de David. El rey pastor fue, al final, una señal que apuntaba al Buen Pastor.

Versículos clave

1 Samuel 16:7

Nueva Biblia Viva
“Pero el Señor le dijo: ―No juzgues al hombre por su apariencia. No, no es este. Yo no escojo como los hombres lo hacen. Los hombres juzgan por la apariencia exterior, pero yo miro el corazón.”

2 Samuel 7:12-16

Nueva Biblia Viva
“Porque cuando tú mueras, yo pondré a uno de tus hijos en tu trono y haré que su reino sea fuerte. Él será el que me va a edificar un templo, y yo estableceré su trono para siempre. Yo seré su Padre y él será mi hijo. Si él me falla, yo lo castigaré como un padre castiga a su hijo, pero no le retiraré mi amor como sí se lo retiré a Saúl, tu antecesor. Tu dinastía y tu reino gozarán de mi favor, de modo que tu trono será establecido para siempre».”

Salmos 51:10-12

Nueva Biblia Viva
“Crea en mí un corazón limpio, Dios, y renueva la rectitud de mi espíritu. No me arrojes de tu presencia. No quites de mí tu santo Espíritu. Devuélveme el gozo de tu salvación y dame anhelo de obedecerte.”

Salmos 23:1-6

Nueva Biblia Viva
“El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes pastos me hace descansar, y me guía junto a arroyos tranquilos. Me infunde nuevas fuerzas. Me guía por sendas de justicia, por amor a su nombre. Aun cuando atraviese el negro valle de la muerte, no tendré miedo, pues tú irás siempre muy junto a mí. Tu vara de pastor y tu cayado me protegen y me dan seguridad. Preparas un banquete para mí, en presencia de mis enemigos. Me recibes como invitado tuyo, ungiendo con perfume mi cabeza. ¡Mi copa rebosa de bendiciones! Tu bondad e inagotable generosidad me acompañarán toda la vida, y después viviré en tu casa para siempre.”

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