La última noche antes de morir, Jesús volvía una y otra vez a una palabra. En el relato de Juan sobre esa cena, cuatro veces llama al Espíritu paráklētos, literalmente «el llamado a tu lado»: así se le decía al abogado defensor en un juicio, y también al amigo que no te deja solo en las malas (Juan 14:16, Juan 14:26, Juan 15:26, Juan 16:7). La única otra vez que el Nuevo Testamento usa esa palabra, la usa para Jesús mismo (1 Juan 2:1). Por eso, cuando Jesús les prometió otro ayudador, les estaba diciendo que venía alguien como él.

Para mucha gente, el Espíritu Santo es la parte borrosa del cuadro, una frase que se oye en los bautizos. Jesús, en cambio, habló del Espíritu como de una noticia muy buena.

Una persona, no una fuerza

La palabra que usa la Biblia para espíritu, tanto en hebreo como en griego, significa también aliento o viento. Eso ya dice algo: el Espíritu es el aliento de Dios que da vida. En la primerísima escena de la Biblia, el Espíritu de Dios se mueve sobre las aguas oscuras antes de que la creación tome forma (Génesis 1:2).

Pero Jesús no describió al Espíritu como una energía que uno aprovecha. Habló de alguien que enseña, recuerda, guía y habla (Juan 14:26, Juan 16:13). El Nuevo Testamento dice que el Espíritu puede entristecerse, como un amigo al que se lastima (Efesios 4:30). Por eso los cristianos hablan de él como de alguien, no de algo.

La enseñanza cristiana histórica, compartida por católicos, ortodoxos y protestantes, afirma que hay un solo Dios que existe como Padre, Hijo y Espíritu Santo. A esto se le llama la Trinidad. Es un misterio que los cristianos abrazan más que un acertijo que hayan resuelto, pero se apoya en pasajes como el mandato de Jesús de bautizar en el único nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu (Mateo 28:19).

La promesa de Jesús

La noche en que lo arrestaron, Jesús les dijo a sus amigos que se iba, y ellos quedaron deshechos. Su respuesta los sorprendió: les convenía que él se fuera, porque así vendría el Espíritu (Juan 16:7). Y prometió que ese ayudador no solo estaría con ellos, sino dentro de ellos (Juan 14:16).

La presencia de Jesús ya no iba a quedar limitada a un cuerpo en un pueblo. Por medio del Espíritu, cualquiera, en cualquier lugar, podría conocer a Dios de cerca.

El Espíritu en la vida de Jesús

Los evangelios muestran al Espíritu en cada etapa de la historia de Jesús. Cuando Jesús fue bautizado, el Espíritu descendió sobre él en una forma como de paloma (Lucas 3:21). Comenzó su obra pública leyendo al profeta Isaías en la sinagoga de su pueblo, un pasaje sobre el Espíritu del Señor que envía a alguien a llevar buenas noticias a los pobres y libertad a los presos, y dijo que eso se estaba cumpliendo ese mismo día (Lucas 4:16).

Jesús también le habló del Espíritu a un maestro religioso llamado Nicodemo, que fue a verlo de noche. Hace falta nacer de nuevo, le dijo, nacer del Espíritu, y lo comparó con el viento: no lo ves, pero lo oyes y ves lo que hace (Juan 3:5).

El día en que llegó el Espíritu

Los profetas de Israel esperaban un tiempo en que Dios daría a su pueblo un corazón nuevo y pondría su propio Espíritu dentro de ellos (Ezequiel 36:26), y en que el Espíritu se derramaría sobre todos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres (Joel 2:28).

Siete semanas después de la Pascua en que murió Jesús, durante Pentecostés, la fiesta judía de la cosecha (el nombre significa quincuagésimo), los seguidores de Jesús estaban reunidos en Jerusalén. El libro de los Hechos cuenta que se oyó un ruido como de viento fuerte, que aparecieron llamas sobre cada uno y que los discípulos de pronto hablaron en idiomas que nunca habían aprendido, de modo que visitantes de muchas naciones oyeron hablar de Dios en su propia lengua (Hechos 2:1). Pedro se puso de pie y explicó que eso era la promesa de los profetas hecha realidad, y le dijo a la multitud que quien se volviera a Dios y se bautizara recibiría el mismo regalo (Hechos 2:38).

Qué hace el Espíritu

El Nuevo Testamento describe la obra del Espíritu de varias maneras.

Acerca a las personas a Dios. Jesús dijo que el Espíritu le mostraría al mundo la verdad sobre el pecado, sobre lo que es justo y sobre el juicio (Juan 16:8). Muchos cristianos dicen que su primera sed de Dios fue obra del Espíritu antes de saber cómo llamarlo.

Hace que Dios se sienta familia. Pablo escribe que el Espíritu les asegura por dentro a los creyentes que son hijos de Dios, de modo que pueden llamarlo Abba, la palabra familiar en arameo para decir padre, la misma que Jesús usaba al orar (Romanos 8:15).

Ayuda cuando no sabemos orar. Cuando alguien no sabe qué decirle a Dios, el Espíritu intercede por esa persona con anhelos más hondos que las palabras (Romanos 8:26).

Transforma el carácter. Pablo lo llama el fruto del Espíritu y nombra nueve cualidades, que empiezan con el amor, la alegría y la paz y terminan con el dominio propio (Gálatas 5:22). Fíjate en la palabra: fruto, no logros. El fruto crece despacio y de forma natural. No es superación personal a fuerza de voluntad, sino una vida que se va rehaciendo desde adentro.

Reparte dones. Cada creyente recibe algún don del Espíritu, como enseñar, dar consejo sabio, sanar, animar o ser generoso, y esos dones son para el bien de los demás, no para ganar prestigio (1 Corintios 12:4).

En qué difieren los cristianos

Los cristianos coinciden en el corazón de esta enseñanza, pero difieren en algunas preguntas. Las iglesias pentecostales y carismáticas esperan que dones como hablar en lenguas, la profecía y la sanidad sean comunes hoy, y muchas hablan del bautismo en el Espíritu como una experiencia distinta, posterior a la conversión. Otras iglesias creen que los dones más llamativos estuvieron ligados sobre todo a la primera generación de la iglesia, o subrayan la obra más callada del Espíritu a través de la Escritura, la oración, los sacramentos y una vida cambiada. La mayoría de los cristianos, de uno y otro lado, están de acuerdo en que la señal más clara del Espíritu es el amor (1 Corintios 13:1).

¿Puedo recibir el Espíritu?

Una vez Jesús preguntó a quienes lo escuchaban qué padre le daría una serpiente a su hijo si este le pidiera un pescado. Si los padres comunes saben dar cosas buenas, dijo, cuánto más el Padre dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan (Lucas 11:11).

Los cristianos creen que el Espíritu viene a vivir en todo aquel que confía en Jesús. No necesitas una emoción especial, una iglesia determinada ni palabras exactas. Puedes simplemente pedirle a Dios, con sinceridad, que se dé a conocer. Si quieres profundizar, el plan de lectura de abajo dedica una semana a lo que la Biblia dice sobre el poder y la presencia del Espíritu.