En los cuatro evangelios, Jesús usa la palabra paraíso una sola vez. La dice en la cruz, a un criminal que agoniza y que solo le ha pedido que se acuerde de él (Lucas 23:39). El término llegó al griego desde el persa, donde significaba un jardín cercado. Ese momento dice mucho de cómo hablaba Jesús del cielo: con una confianza serena y una calidez sorprendente, más interesado en con quién estaremos que en cómo es el lugar.

Qué significa "cielo"

En los evangelios, el cielo es ante todo donde Dios está en casa, el ámbito donde su voluntad se cumple por completo. Por eso Jesús enseñó a sus seguidores a pedir que se haga la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo (Mateo 6:9). El cielo no está lejos del cuidado de Dios por este mundo. Es de donde viene.

Jesús también habló del "reino de los cielos", es decir, del reinado de Dios. Mateo prefiere esa expresión, siguiendo la costumbre judía de decir "los cielos" por respeto en lugar de nombrar a Dios; Marcos y Lucas dicen "reino de Dios", y es lo mismo. Dijo que ya estaba irrumpiendo en la vida diaria a través de su enseñanza y sus sanidades (Lucas 17:20), y que un día llegaría en plenitud. Por eso los cristianos sostienen dos ideas a la vez: el reino de Dios ya comenzó y todavía no está terminado.

Un hogar preparado para ti

La noche antes de su muerte, Jesús consoló a sus amigos, que estaban asustados y confundidos. Les pidió que no tuvieran miedo y que confiaran en él, les aseguró que en la casa de su Padre hay lugar de sobra, y les prometió que se adelantaba a dejarles todo listo y que volvería a buscarlos (Juan 14:1). La palabra griega para esas habitaciones, monai, viene del verbo "quedarse" o "permanecer"; unos versículos después Jesús la usa otra vez al decir que él y el Padre vendrán a hacer su hogar en quien lo ama (Juan 14:23). Fíjate en la imagen: es una casa, un hogar familiar, y él es quien la deja lista. Nada en la promesa depende de que uno sea impresionante.

Bienvenida para los humildes

Jesús fue claro en que el cielo no se gana con estatus ni con méritos. Dijo que hay que recibir el reino de Dios como lo hace un niño pequeño, con las manos abiertas y no con un currículum (Marcos 10:13). Dijo que los pobres en espíritu, los que reconocen que necesitan a Dios, son los que pertenecen a él (Mateo 5:3). Y contó la historia de un rico que ignoró al mendigo de su puerta, para mostrar que importa cómo tratamos a los demás y que Dios ve lo que el mundo pasa por alto (Lucas 16:19).

Algunos de sus oyentes eran justo las personas que la sociedad religiosa había descartado, y el criminal de la cruz es el caso extremo: sin tiempo, sin nada que ofrecer, y con la promesa de estar con Jesús ese mismo día. Es una de las imágenes más claras de los evangelios de lo abierta que está la puerta.

Alegría, no tristeza

Jesús usó con frecuencia fiestas y celebraciones para describir lo que viene. Dijo que vendrá gente del oriente y del occidente a sentarse a la mesa en el reino de Dios (Mateo 8:11), y contó de un gran banquete al que la invitación sale a todos lados (Lucas 14:15). Dijo que hay gozo en el cielo cuando una sola persona vuelve a Dios (Lucas 15:7). En su enseñanza, el cielo suena menos a sala de espera y más a fiesta después de un largo viaje.

Lo que no habrá

El libro de Apocalipsis, el último de la Biblia, describe a Dios haciendo nuevas todas las cosas: enjuga toda lágrima y ya no hay muerte, luto ni dolor (Apocalipsis 21:1). Los cristianos lo leen como el cumplimiento de lo que Jesús prometió. El sufrimiento que hoy parece interminable no tiene la última palabra.

Jesús también dijo que en la resurrección no se casan ni se dan en casamiento, sino que son como los ángeles de Dios (Mateo 22:29). Los cristianos lo entienden de distintas maneras. La mayoría piensa que nuestras relaciones actuales no se pierden, pero que la vida allí es tan plena que las categorías de aquí ya no la limitan.

Lo que Jesús no explicó

Hay preguntas que Jesús no contestó con detalle: cómo es el cielo, qué haremos, cómo funciona el tiempo. Los cristianos difieren en algunas. Unos enfatizan estar con Cristo después de la muerte, otros una tierra renovada y la resurrección del cuerpo al final, y muchos sostienen ambas cosas. En lo que casi todos coinciden es en el centro de la promesa: estar con Jesús y con Dios, en casa, para siempre.

Él también fue serio respecto al otro lado. Advirtió que no todo el que le dice Señor camina con él (Mateo 7:21), y habló de una separación real de Dios. Los cristianos discrepan sobre cómo entender estos pasajes, y es honesto decir que el tema es pesado. Pero él lo dijo como quien no quiere que nadie pierda la invitación, que es la razón por la que vino (Juan 3:16).

¿Quién entra?

Jesús dijo algo sorprendente en el evangelio de Juan: que la vida eterna es conocer al Padre y a quien él envió (Juan 17:3). El cielo, entonces, no trata principalmente de un lugar ni de una escapatoria. Trata de una relación, que empieza desde ahora. Prometió que quien cree en él tiene vida eterna y que a nadie que venga a él lo echará fuera (Juan 6:35).

Por eso los cristianos dicen que el cielo es un regalo y no un premio. No tienes que ser lo bastante bueno. Estás invitado a confiar en quien preparó el lugar.

Si te lo estás preguntando

Muchas personas preguntan por un ser querido que murió. La Biblia no da una respuesta completa para cada caso, y los cristianos prefieren la prudencia antes que dar veredictos sobre otros. Lo que sí pueden decir es que Dios es más amoroso y justo que nosotros, y que podemos dejar en sus manos a quienes amamos (Génesis 18:25).

Si quieres explorarlo con más calma, el plan de lectura que aparece abajo recorre lo que dice la Biblia sobre el cielo y la esperanza. Y si la idea de ser bienvenido despierta algo en ti, ese es un buen lugar para empezar a hablar con Dios. Jesús prometió que todo el que pide, recibe (Mateo 7:7).