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Sobre este capítuloAl bajar del monte, Jesús muestra su autoridad con una serie de sanidades. Limpia con su toque a un hombre con lepra, sana al siervo de un centurión romano cuya fe lo sorprende, y restablece a la suegra de Pedro. Mateo ve en esto el cumplimiento de la profecía del siervo que carga con nuestras enfermedades. Jesús habla con franqueza sobre el costo de seguirlo y luego calma con una palabra una violenta tormenta en el lago, dejando asombrados a los discípulos. En la otra orilla libera a dos hombres atormentados por demonios, y los habitantes, inquietos por la pérdida de sus cerdos, le piden que se vaya de la región.

Al bajar del monte, Jesús muestra su autoridad con una serie de sanidades. Limpia con su toque a un hombre con lepra, sana al siervo de un centurión romano cuya fe lo sorprende, y restablece a la suegra de Pedro. Mateo ve en esto el cumplimiento de la profecía del siervo que carga con nuestras enfermedades. Jesús habla con franqueza sobre el costo de seguirlo y luego calma con una palabra una violenta tormenta en el lago, dejando asombrados a los discípulos. En la otra orilla libera a dos hombres atormentados por demonios, y los habitantes, inquietos por la pérdida de sus cerdos, le piden que se vaya de la región.

Temas

  • Autoridad sobre la enfermedad
  • Fe de un extranjero
  • Costo del discipulado
  • Poder sobre la tormenta y el mal

Versículos clave

Biblia en audio · Mateo 8

Escucha mientras haces tus cosas.

Mateo 8

Nueva Biblia Viva34 versículos · 4 min de lectura

Nueva Biblia Viva © Biblica, Inc. — CC BY-SA 4.0

1Jesús descendía de la colina seguido de una multitud inmensa 2cuando, de pronto, un leproso se le acercó y se puso de rodillas ante él. ―Señor —suplicó el leproso—, si quieres, puedes curarme. 3Jesús, extendiendo la mano, lo tocó y le dijo:―Quiero. ¡Ya estás curado!E instantáneamente la lepra desapareció. 4―No te detengas a conversar con nadie—le ordenó entonces Jesús—.Ve en seguida a que el sacerdote te examine y presenta la ofrenda que requiere la ley de Moisés, para que les conste que ya estás bien. 5Cuando Jesús llegó a Capernaúm, un capitán del ejército romano se le acercó y le rogó 6que sanara a un sirviente que estaba en cama paralítico y que sufría mucho. 7Le respondió Jesús:―Iré a sanarlo. 8―Señor —le dijo entonces el capitán—, no soy digno de que vayas a mi casa. Desde aquí mismo puedes ordenar que se sane mi criado y se sanará. 9Lo sé, porque estoy acostumbrado a obedecer las órdenes de mis superiores; además, si yo le digo a alguno de mis soldados que vaya a algún lugar, va; y si le digo que venga, viene; y si le digo a mi esclavo que haga esto o aquello, lo hace. 10Al oír esto, Jesús se maravilló y les dijo a quienes lo seguían:―¡En todo Israel no he hallado una fe tan grande como la de este hombre! 11Óiganme lo que les digo: Muchos gentiles, al igual que este soldado romano, irán de todas partes del mundo a sentarse en el reino de los cielos con Abraham, Isaac y Jacob. 12En cambio, muchos israelitas que deberían estar en el reino, serán arrojados a las tinieblas de afuera donde todo es llorar y crujir los dientes. 13Entonces Jesús le dijo al soldado:―Vete; lo que creíste ya se ha cumplido.Y el criado se sanó en aquella misma hora. 14Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro, la suegra de este estaba en cama con una fiebre muy alta. 15Jesús fue y la tocó, y la fiebre la dejó; y ella se levantó a servirlos. 16Por la noche llevaron varios endemoniados a Jesús. Bastaba una sola palabra para que los demonios huyeran y los enfermos sanaran. 17Así se cumplió la profecía de Isaías: «Él mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias». 18Al ver Jesús que la multitud crecía, pidió a sus discípulos que se prepararan para pasar al otro lado del lago. 19En eso, un maestro de la ley de Dios le dijo: ―Maestro, te seguiré vayas adonde vayas. 20―Las zorras tienen guaridas y las aves nidos—le respondió Jesús—;pero yo, el Hijo del hombre, no tengo ni dónde recostar la cabeza. 21Otro de sus seguidores le dijo: ―Señor, te seguiré pero déjame que vaya antes a enterrar a mi padre. 22Pero Jesús le contestó:―No, sígueme ahora. Deja que los que están muertos se ocupen de sus muertos. 23Entonces subió a una barca con sus discípulos y zarparon de allí. 24Durante la travesía se quedó dormido. Poco después se levantó una tormenta tan violenta que las olas inundaban la barca. 25Los discípulos corrieron a despertar a Jesús: ―¡Señor, sálvanos! ¡Nos estamos hundiendo! 26―Hombres de poca fe, ¿a qué viene tanto miedo?—les respondió. Entonces, se puso de pie, reprendió al viento y a las olas, y la tormenta cesó y todo quedó en calma. 27Pasmados, los discípulos se decían: «¿Quién es este, que aun los vientos y la mar lo obedecen?». 28Ya al otro lado del lago, en tierra de los gadarenos, dos endemoniados le salieron al encuentro. Vivían en el cementerio, y eran tan peligrosos que nadie se atrevía a andar por aquella zona. 29Al ver a Jesús, le gritaron: ―¡Déjanos tranquilos, Hijo de Dios! ¡Todavía no es hora de que nos atormentes! 30Por aquellos alrededores andaba un hato de cerdos, 31y los demonios le suplicaron a Jesús: ―Si nos vas a echar fuera, déjanos entrar en aquel hato de cerdos. 32―Está bien—les respondió Jesús—.Vayan.Y los demonios salieron de los hombres y entraron en aquellos cerdos. Estos se despeñaron desde un acantilado y se ahogaron en el lago. 33Los que cuidaban los cerdos salieron corriendo y se fueron a la ciudad a contar lo sucedido, 34y la ciudad entera vino al encuentro de Jesús y le suplicaron que se fuera de aquellos lugares.
Versículos de Mateo 8

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