En su última noche antes de ser arrestado, Jesús se levantó de la cena, se ató una toalla a la cintura, echó agua en una palangana y se puso a lavarles los pies llenos de polvo a sus doce amigos más cercanos, incluido el que estaba a punto de traicionarlo (Juan 13:1). Pedro se resistió, porque ese era trabajo de sirvientes. Jesús lo hizo de todos modos y les pidió que ellos hicieran lo mismo unos con otros.
Esa escena dice mucho de cómo entendía Jesús el amor: algo concreto y exigente. Más que un sentimiento, es una forma de tratar a la gente, también a la que cuesta querer.
Los dos mandamientos más grandes
Un experto en la ley le preguntó una vez a Jesús cuál era el mandamiento más importante. Jesús respondió con dos, ambos de los libros de Moisés: ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, tu alma, tu mente y tus fuerzas (Deuteronomio 6:4), y ama a tu prójimo como a ti mismo (Levítico 19:18). De esos dos, dijo, depende toda la ley y los profetas (Mateo 22:34, Marcos 12:28).
No estaba inventando nada. En el relato de Lucas es el propio experto quien junta los dos mandamientos, y Jesús le da la razón (Lucas 10:25), lo que sugiere que algunos maestros judíos ya los leían como pareja. Lo que hizo Jesús fue ponerlos en el centro de todo y no permitir que se separen. Una fe que adora a Dios e ignora a quien tiene enfrente no ha entendido lo esencial.
¿Quién es mi prójimo?
El mismo experto, queriendo quedar bien, insistió: ¿y quién es mi prójimo? Jesús le contestó con una historia. Un hombre que baja por el camino a Jericó es asaltado y queda medio muerto. Un sacerdote y un levita, los dos al servicio del templo, lo ven y pasan de largo por el otro lado. Luego llega un samaritano, se detiene, le venda las heridas, lo lleva a una posada y paga para que lo atiendan (Lucas 10:29).
Para quienes escuchaban, que el héroe fuera samaritano era un golpe. Entre judíos y samaritanos había siglos de rencor, con una disputa de fondo sobre dónde se debía adorar a Dios (Juan 4:9, Juan 4:20). Apenas un capítulo antes, un pueblo samaritano se había negado a recibir a Jesús (Lucas 9:51).
Y entonces viene el giro. Jesús nunca responde quién merece mi ayuda. Pregunta, en cambio, cuál de los tres se portó como prójimo. En su historia, el amor no empieza trazando una línea alrededor de la gente con la que tengo alguna obligación. Empieza cuando veo a alguien en necesidad y me acerco. Eso ya estaba en la ley antigua, que mandaba a Israel amar como a sí mismos a los extranjeros que vivían entre ellos (Levítico 19:33).
Amen a sus enemigos
Quizá lo más difícil que dijo Jesús sobre el amor sea esto: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen (Mateo 5:43). Citó un dicho que sus oyentes conocían: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. La primera mitad viene de Levítico; la segunda no aparece como mandato en ninguna parte de las Escrituras hebreas, pero refleja cómo la gente tiende a leer la primera. Jesús señaló a Dios, que hace salir el sol y manda la lluvia sobre buenos y malos por igual. Querer solo a quien te quiere, dijo, lo hace cualquiera.
La versión de Lucas agrega detalles: hagan el bien a quienes los odian, bendigan a quienes los maldicen, presten sin contar con que les devuelvan y sean compasivos como su Padre es compasivo (Lucas 6:27). No es un llamado a fingir que el mal no es malo ni a quedarse en peligro. Amar a un enemigo puede incluir protegerse y buscar justicia. Lo que descarta es el odio, la venganza y dar a alguien por perdido, como si ya no le importara a Dios.
Una nota sobre la palabra griega ágape
Quizá hayas oído que ágape es una palabra especial para un amor divino e incondicional. Algo de cierto hay: los evangelios suelen usar el verbo agapáo para el amor que Jesús manda. Pero la palabra sola no carga con todo ese peso. El mismo verbo describe a la gente que amó más la oscuridad (Juan 3:19) y a un compañero de Pablo que lo abandonó porque amaba este mundo (2 Timoteo 4:10). Y Juan dice que el Padre ama al Hijo usando agapáo en un pasaje y filéo en otro (Juan 3:35, Juan 5:20). Lo que le da su forma al amor cristiano no es un término del diccionario, sino el ejemplo de Jesús.
Un amor que se ve
Jesús vivió lo que enseñaba. Tocó a un hombre con una enfermedad de la piel al que la ley mantenía apartado (Marcos 1:40). Comió con cobradores de impuestos y gente de mala fama, y a quienes lo criticaban les respondió que el médico viene por los enfermos (Marcos 2:15). Se fijó en una viuda pobre que echaba dos moneditas en las ofrendas del templo y dijo que ella había dado más que todos los ricos (Marcos 12:41).
Después de lavarles los pies a sus amigos, les dio lo que llamó un mandamiento nuevo: que se amaran unos a otros como él los había amado, porque en ese amor todos reconocerían que eran sus discípulos (Juan 13:34).
El amor más grande
Jesús dijo también que nadie tiene un amor más grande que quien da la vida por sus amigos (Juan 15:12). Los cristianos creen que eso fue justamente lo que hizo en la cruz. Tal vez el versículo más conocido de la Biblia une toda su historia con el amor: Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo (Juan 3:16). Una carta atribuida tradicionalmente a Juan, uno de sus seguidores más cercanos, lo resume en tres palabras, Dios es amor, y añade que amamos porque él nos amó primero (1 Juan 4:7, 1 Juan 4:19).
Ese orden importa. En la enseñanza cristiana, amar a los demás no es una manera de ganarse la aprobación de Dios. Es la respuesta de alguien que ya se sabe amado.
Cómo se ve este amor un martes cualquiera
Casi todo es cotidiano:
- Prestar atención. Al compañero que come solo, al vecino que dejó de saludar como antes.
- Perdonar. Jesús unió el recibir el perdón de Dios con perdonar a los demás (Mateo 6:14).
- Dar sin público. Hacer el bien en silencio, no para que te aplaudan (Mateo 6:1).
- Decir la verdad. Jesús podía ser muy directo, sobre todo con los poderosos y los que se creían justos, pero era tierno con quienes sabían que habían fallado.
Los cristianos reconocen que se quedan cortos, y la historia de la iglesia tiene momentos de amor asombroso y de fracaso vergonzoso. La enseñanza de Jesús sigue siendo la medida, para sus seguidores y para cualquiera que sienta curiosidad por él.
Por dónde empezar
Si quieres ir más lejos, lee la enseñanza que Jesús dio en una ladera de Galilea, conocida como el Sermón del Monte. Empieza en Mateo 5:1 y sigue hasta el capítulo 7, y el plan de lectura de abajo la recorre con calma. No tienes que estar de acuerdo con todo para empezar. Mucha gente descubre que leer lo que Jesús dijo sobre el amor es el primer paso para conocerlo.





