El relato escrito más antiguo de la Última Cena no está en los Evangelios. Está en una carta que Pablo mandó a la iglesia de Corinto a mediados de los años 50, unos veinticinco años después de los hechos y probablemente antes de que se escribiera cualquiera de los Evangelios. Pablo dice que transmite algo que él mismo recibió: lo que Jesús hizo con el pan y la copa la noche en que fue entregado (1 Corintios 11:23). En menos de una generación, esta cena ya era el centro del culto cristiano, y en iglesias de todo el mundo se sigue celebrando cada semana.
Una semana de Pascua en Jerusalén
Jesús y sus discípulos habían subido a Jerusalén para la Pascua, la gran fiesta de primavera en la que las familias judías recordaban cómo Dios liberó a sus antepasados de la esclavitud en Egipto. En el centro de aquella primera Pascua había un cordero, cuya sangre marcaba las puertas de las casas que serían protegidas, y una comida que se comía rápido, con las sandalias puestas y el bastón en la mano, listos para salir (Éxodo 12:1). Desde entonces, cada año las familias se reunían para volver a contar esa historia alrededor del pan, el vino y una mesa compartida.
Marcos cuenta que Jesús mandó a dos discípulos por delante a buscar una sala grande en el piso de arriba, amueblada y lista, donde prepararon la cena (Marcos 14:12). Mateo, Marcos y Lucas la presentan como una cena de Pascua (Lucas 22:7). Juan lo cuenta distinto: a la mañana siguiente de la cena, los sacerdotes todavía no habían comido la Pascua (Juan 18:28), y la crucifixión cae en el día de la preparación, cuando se alistaban los corderos (Juan 19:14), lo que sugiere que la cena fue un día antes (Juan 13:1). Los estudiosos han propuesto varias formas de armonizar los relatos, como el uso de calendarios distintos en aquella época. Como sea que se resuelva, los cuatro Evangelios ubican esa noche a la sombra de la Pascua, y esa es la clave para entenderla.
Jesús les lava los pies
Juan cuenta algo que los otros no mencionan. Durante la cena, Jesús se levantó, se ató una toalla a la cintura y empezó a lavar los pies de sus discípulos, una tarea de sirvientes, jamás de un maestro (Juan 13:3). Pedro al principio se negó; no podía aceptar que su maestro le lavara los pies. Jesús les dijo que les había dado un ejemplo: debían servirse unos a otros de la misma manera (Juan 13:12).
Esa misma noche les dio lo que llamó un mandamiento nuevo: amarse unos a otros como él los había amado (Juan 13:34). La cena es más que un rito. Habla de la clase de comunidad que sus seguidores están llamados a ser.
El pan y la copa
Luego llegó el momento que los cristianos más recuerdan. Jesús tomó un pan, le dio gracias a Dios, lo partió y lo repartió, diciendo que eso era su cuerpo, entregado por ellos. Más tarde les pasó una copa de vino y habló de ella como su propia sangre, que sellaba un pacto y se derramaba por muchos para que sus pecados fueran perdonados (Mateo 26:26, Marcos 14:22, Lucas 22:17).
Sus discípulos seguramente escucharon ecos por todas partes. La sangre del pacto recordaba el momento en el monte Sinaí en que Moisés roció sangre para sellar el pacto de Dios con Israel (Éxodo 24:8). En Lucas y en Pablo, Jesús habla del pacto nuevo (Lucas 22:20), y eso traía a la memoria la promesa de Jeremías: llegaría un día en que Dios pondría su enseñanza en lo más hondo de su pueblo y lo perdonaría para siempre (Jeremías 31:31). Jesús les estaba diciendo que su muerte cercana sería la nueva Pascua, el acto con el que Dios liberaría a su pueblo. Por eso el Nuevo Testamento lo llama nuestro cordero pascual (1 Corintios 5:7).
También les pidió que siguieran haciendo esto para recordarlo (Lucas 22:19). La palabra griega, anámnesis, tiene el sabor de la Pascua misma. La Misná, un código de ley judía reunido hacia el año 200, lo dice así en la mesa pascual: en cada generación, cada persona debe verse como si ella misma hubiera salido de Egipto. En ese sentido, recordar es más que traer un dato a la mente; es meterse en un acto de salvación para participar en él.
Una sombra sobre la mesa
La cena no fue tranquila de principio a fin. Jesús anunció que uno de ellos lo iba a traicionar, y todos quedaron desconcertados, preguntando cada uno si sería él (Marcos 14:17). Judas Iscariote salió en la noche para entregarlo (Juan 13:21). Jesús también le advirtió a Pedro que antes de que cantara el gallo negaría tres veces conocerlo (Lucas 22:31).
Aun así, Jesús no echó a nadie. Al mismo Judas le dio un pedazo de pan mojado en el plato (Juan 13:26), y compartió la cena con amigos que le fallarían en cuestión de horas. Muchos cristianos encuentran en eso un consuelo profundo: la cena se entregó a amigos débiles y asustados, no a héroes.
Después de cantar un himno (probablemente del Hallel, los Salmos 113 al 118, que se cantaban al final de la cena pascual), salieron hacia el monte de los Olivos, al huerto donde Jesús oraría y sería arrestado (Mateo 26:30).
Cómo la recuerdan hoy los cristianos
Las primeras iglesias celebraron esta cena desde el principio, como muestra la carta de Pablo. Hechos describe a los primeros creyentes dedicados a partir el pan juntos (Hechos 2:42).
Hoy recibe distintos nombres: Comunión, Santa Cena, Cena del Señor, Eucaristía (del griego «dar gracias»), misa en la Iglesia católica, Divina Liturgia en las iglesias ortodoxas. Los cristianos comparten pan y vino, o jugo de uva en algunas iglesias, de muchas maneras distintas.
También la entienden de forma diferente. Los católicos y los ortodoxos creen que Cristo está realmente presente en el pan y el vino de un modo verdadero y misterioso. Los luteranos también afirman su presencia real, explicada con sus propias palabras. Las iglesias reformadas, siguiendo a Juan Calvino, hablan de una presencia espiritual real que se recibe por la fe; muchos bautistas y otros, siguiendo al reformador suizo Zuinglio, ven la cena sobre todo como un memorial y un anuncio de su muerte. Son convicciones serias y antiguas, y a veces los cristianos han discutido con dureza por ellas. Pero casi todos coinciden en lo esencial: Jesús se entregó por nosotros, está con su pueblo y volverá, y por eso Pablo dice que la cena anuncia la muerte del Señor hasta que él venga.
Lo que puede significar para ti
La Última Cena muestra a Jesús enfrentando su muerte no con pánico, sino con un regalo. La explicó de antemano con el lenguaje más sencillo que existe: pan y vino en una mesa compartida. Si todo esto es nuevo para ti, puedes leer el relato en Lucas 22:7 y luego el lavamiento de pies en Juan 13:1. Si visitas una iglesia, está bien preguntar cómo celebran la Comunión y si los visitantes pueden participar; las costumbres varían y con gusto te lo explicarán.





