La expresión exacta "Cordero de Dios" aparece solo dos veces en la Biblia, y las dos la dice el mismo hombre, en días seguidos, a orillas del río Jordán (Juan 1:29, Juan 1:36). Sin embargo, la idea que hay detrás recorre la Biblia de principio a fin, y las iglesias la cantan antes de la Comunión desde hace más de mil años. ¿Por qué llamar cordero a un hombre adulto, a un maestro que sanaba enfermos? Si seguimos el hilo, la historia de Jesús se aclara.
El día en que Juan lo señaló
Juan el Bautista predicaba en el desierto y llamaba a la gente a volver a Dios. Cuando vio que Jesús se le acercaba, le dijo a la multitud que ahí estaba el cordero de Dios, el que venía a llevarse el pecado del mundo entero (Juan 1:29). Al día siguiente lo volvió a decir, y dos de sus propios discípulos lo dejaron para irse con Jesús (Juan 1:35).
Quienes escuchaban a Juan eran judíos, y esa frase tan corta les traía a la memoria siglos de historia.
Un cordero que Dios provee
En el Génesis, Dios pone a prueba a Abraham pidiéndole que ofrezca a su hijo Isaac. Mientras suben al monte, Isaac se da cuenta de que llevan leña y fuego pero ningún animal, y le pregunta a su padre. Abraham le contesta que Dios se encargará del cordero (Génesis 22:7). En el último instante Dios detiene a Abraham, y en lugar del muchacho se ofrece un carnero que había quedado enredado de los cuernos en un matorral (Génesis 22:12). Israel nunca olvidó la lección: el sustituto lo pone Dios.
El cordero de la Pascua
El trasfondo más importante es la Pascua. Cuando Israel era esclavo en Egipto, Dios mandó que cada familia escogiera un macho de un año y sin defecto, cordero o cabrito, lo sacrificara al caer la tarde y pusiera su sangre en el marco de la puerta (Éxodo 12:3-4). Esa noche el juicio cayó sobre Egipto, pero pasó de largo por las casas marcadas con la sangre (Éxodo 12:12), e Israel dejó atrás la esclavitud.
En tiempos de Jesús, miles de peregrinos llegaban a Jerusalén para la fiesta, y los corderos se sacrificaban en el templo la tarde anterior a la cena. El historiador Josefo, que escribió a fines del siglo primero, habla de cientos de miles de animales en una sola Pascua; los historiadores creen que exageró la cifra, pero está claro que eran muchísimos.
Corderos y perdón
Los corderos también estaban en el centro del culto de cada día. En el templo se ofrecían dos diarios, uno en la mañana y otro al atardecer (Éxodo 29:38), y se podía llevar un cordero como ofrenda por el pecado (Levítico 4:32). Esos ritos enseñaban que el mal no es cosa menor: daña nuestra relación con Dios y con los demás, y el perdón nunca es barato. La carta a los Hebreos, en el Nuevo Testamento, añade que esos sacrificios, repetidos año tras año, no podían quitar el pecado de una vez por todas (Hebreos 10:1).
El profeta Isaías miró más lejos. Habló de un siervo de Dios que sufre por las culpas de otros, que es herido para que ellos queden sanos y que va a la muerte sin protestar, como un cordero al que se llevan (Isaías 53:5). Los primeros cristianos reconocieron a Jesús en ese siervo. Cuando un alto funcionario de Etiopía que volvía a su tierra no lograba entender justo ese pasaje, Felipe, uno de los líderes de la iglesia naciente, partió de ahí para hablarle de Jesús (Hechos 8:32).
Jesús en la Pascua
Jesús murió durante la fiesta de la Pascua. Marcos ubica su última cena el día en que se sacrificaban los corderos pascuales (Marcos 14:12). En esa cena Jesús tomó el pan y la copa, elementos de siempre en la fiesta, y les dio un sentido nuevo: el pan era su cuerpo, y la copa su sangre, que sellaría una alianza y se derramaría por muchos (Marcos 14:22). Los cristianos siguen celebrando esa cena en la Comunión, también llamada Santa Cena o Eucaristía.
El evangelio de Juan cuenta los tiempos de otra manera. Sitúa la condena de Jesús hacia el mediodía del día de la preparación de la Pascua (Juan 19:14), justo cuando se sacrificaban los corderos, de modo que en Juan, Jesús muere a la misma hora que ellos. Mateo, Marcos y Lucas, en cambio, presentan la cena como la comida pascual. Los estudiosos lo discuten desde hace siglos: unos piensan que Juan ordenó su relato para resaltar el simbolismo; otros, que Jesús celebró su Pascua un día antes, o que en Jerusalén convivían calendarios distintos. En todo caso, los cuatro evangelios unen su muerte a la Pascua. Juan agrega que no le quebraron ningún hueso, lo que recuerda la norma para el cordero pascual (Juan 19:36, Éxodo 12:46, Números 9:12). Pablo lo dijo sin rodeos: Cristo es nuestro cordero de Pascua, y ya fue sacrificado (1 Corintios 5:7).
Lo que significa el título
Llamar a Jesús el Cordero de Dios dice varias cosas a la vez. Él es el que Dios mismo provee, como confió Abraham. Es el cordero pascual cuya muerte saca a la gente de la esclavitud, ya no del faraón, sino del pecado y de la muerte. Es el siervo inocente que carga con las culpas ajenas, como anunció Isaías. Y a diferencia de los corderos del templo, su sacrificio no hace falta repetirlo: el Nuevo Testamento dice que se ofreció una sola vez y para siempre (Hebreos 10:10). Pedro les recordaba a los primeros creyentes que su libertad no se pagó con plata ni oro, sino con la vida misma de Cristo, entregada como la de un cordero sin mancha (1 Pedro 1:18).
Los cristianos explican de distintas maneras cómo funciona esto. Unos subrayan que Jesús cargó en nuestro lugar con el castigo del pecado; otros, su victoria sobre el mal y la muerte, o la manera en que su amor entregado sana y reconcilia. La mayoría ve en estas ideas caras de un mismo misterio más que propuestas rivales, y todas parten de la misma convicción: Jesús dio su vida por voluntad propia, por amor (Juan 10:17).
El Cordero que reina
El título no se queda en la cruz. En el último libro de la Biblia, a Juan le anuncian que el León de la tribu de Judá ha vencido, y cuando se vuelve a mirar, ve a un Cordero de pie, con las señales de haber sido sacrificado (Apocalipsis 5:5). Gente de toda tribu, lengua y nación le canta alabanzas (Apocalipsis 5:9), y a lo largo del libro Jesús es llamado el Cordero casi treinta veces. Ese Cordero, promete la visión, pastoreará a su pueblo y lo llevará a fuentes de agua viva, y Dios secará toda lágrima (Apocalipsis 7:17).
Esa es la sorpresa que late en el corazón del cristianismo: el poder de Dios no se muestra en un león que aplasta a sus enemigos, sino en un cordero que da su vida y vuelve a levantarse. Si alguna vez sientes que tus culpas pesan demasiado, esta es la imagen que los cristianos quisieran que guardaras. Alguien ya cargó con ellas, y puedes acercarte tal como estás.





