La noche en que arrestaron a Jesús, Pedro se calentaba junto a una fogata de brasas en el patio del sumo sacerdote y negó tres veces que lo conocía (Juan 18:15). Pocos días después de la resurrección, a orillas del lago de Galilea, Jesús resucitado tenía encendida otra fogata de brasas, con pescado asándose para el desayuno. Allí le preguntó a Pedro tres veces si lo amaba, y cada vez le confió una tarea (Juan 21:9). La palabra griega para ese tipo de fuego aparece en el Nuevo Testamento solo en esas dos escenas. El escenario de la peor caída de Pedro se convirtió en el escenario de su restauración.

Esa es la verdadera pregunta detrás de esta página. No si Dios existe, sino si Dios todavía podría querer a alguien después de lo que hizo. La respuesta cristiana es que sí.

Lo que muestran los evangelios

La prueba más clara es cómo trataba Jesús a la gente. Cuando unos amigos bajaron por el techo a un paralítico para ponerlo frente a él, lo primero que hizo Jesús fue decirle que sus pecados estaban perdonados. Algunos maestros de la ley pensaron que eso era una ofensa, porque solo Dios puede perdonar pecados (Marcos 2:1). Jesús no se echó para atrás: sanó al hombre para mostrar que su palabra de perdón tenía autoridad de verdad.

En una cena en casa de un fariseo, dejó que una mujer señalada en el pueblo como pecadora llorara sobre sus pies, y luego le dijo que sus muchos pecados estaban perdonados y la despidió en paz (Lucas 7:36). En Jericó se invitó a la casa de Zaqueo, jefe de los cobradores de impuestos, que se había hecho rico en un oficio famoso por cobrar de más. Ese mismo día Zaqueo prometió dar a los pobres la mitad de sus bienes y devolver cuatro veces más a quien hubiera estafado (Lucas 19:1).

Perdón en los peores momentos

Dos escenas destacan por el momento en que ocurrieron. Mientras lo crucificaban, Jesús le pidió al Padre que perdonara a los responsables, porque no sabían lo que hacían (Lucas 23:34). Algunos de los manuscritos más antiguos de Lucas no traen esta oración, y los especialistas discuten si la escribió Lucas, pero los cristianos la han atesorado desde muy temprano, y Esteban, el primer mártir cristiano, oró con el mismo espíritu por quienes lo apedreaban (Hechos 7:60).

Horas después, un criminal que moría junto a Jesús le pidió que se acordara de él cuando llegara a su reino. Ese hombre ya no tenía tiempo para reparar el daño, unirse a una iglesia ni demostrar nada. Jesús le prometió que ese mismo día estaría con él en el paraíso (Lucas 23:39).

Por qué los cristianos creen que es posible

Perdonar no es que Dios haga como si el mal no importara. Los cristianos creen que Jesús puede perdonarlo todo por la cruz: murió por nosotros cuando todavía estábamos indefensos y lejos de Dios, y cargó en su propio cuerpo con nuestros pecados, para que la misericordia pudiera ofrecerse sin llamar bueno a lo malo (Romanos 5:6, 1 Pedro 2:24). Si el precio fue tan alto, ningún pecado pesa más que lo que se pagó.

Pablo había perseguido a los seguidores de Jesús y había aprobado la muerte de Esteban (Hechos 8:1). En 1 Timoteo, una carta que la tradición le atribuye, se pone a la cabeza de la lista de pecadores y dice que justamente por eso su historia importa: si Cristo tuvo tanta paciencia con él, nadie queda fuera de su alcance (1 Timoteo 1:12). Las Escrituras hebreas comparten esa esperanza. Un salmo dice que Dios aleja de nosotros nuestras faltas tanto como dista el amanecer del atardecer (Salmos 103:10), e Isaías habla de manchas de un rojo intenso que quedan blancas (Isaías 1:18).

¿Cómo se recibe el perdón?

El Nuevo Testamento lo plantea de forma sencilla: volverse hacia Dios, lo que la Biblia llama arrepentimiento, y confiar en Jesús (Hechos 3:19, Hechos 10:43). Cuando dejamos de fingir y reconocemos lo que hicimos, podemos contar con que Dios nos perdona y nos limpia (1 Juan 1:8). No hay periodo de espera ni una cuota mínima de tristeza que alcanzar antes. Las iglesias tienen prácticas distintas en esto, como confesarse solo ante Dios o también ante un sacerdote o un pastor, pero coinciden en que el perdón mismo viene de Dios por medio de Jesús.

¿Y el pecado imperdonable?

A algunas personas les asusta la advertencia de Jesús de que la blasfemia contra el Espíritu Santo nunca será perdonada (Marcos 3:28; ver también Mateo 12:31 y Lucas 12:10). Conviene fijarse en el contexto. Unos maestros de la ley venidos de Jerusalén habían visto a Jesús liberar a personas de espíritus malignos y afirmaban que lo hacía con el poder del diablo, y Marcos dice que por eso habló así. En esa misma frase, Jesús dijo que cualquier otro pecado o insulto puede ser perdonado.

Las tradiciones entienden la advertencia de maneras algo distintas. Agustín, y con él buena parte de la enseñanza católica, la relacionó con la impenitencia final, es decir, rechazar la misericordia de Dios hasta el último momento; el Catecismo de la Iglesia Católica afirma que la misericordia de Dios no tiene límites, pero que quien se niega deliberadamente a recibirla por el arrepentimiento rechaza el perdón. Muchos maestros protestantes la describen como un rechazo endurecido y persistente del testimonio del Espíritu sobre Jesús, y algunos la ligan sobre todo a quienes vieron sus obras de cerca. Lo que estas lecturas tienen en común es que no se trata de un solo acto terrible, de una palabra dicha sin pensar ni de una duda pasajera. Muchos pastores añaden que quien teme haberlo cometido está mostrando justamente el interés por Dios que, según la advertencia, ya no existe.

Perdonado no significa que nada cambie

El perdón restaura tu relación con Dios, pero no deshace automáticamente todas las consecuencias. La confianza rota puede tardar en reconstruirse, y algunos daños piden reparar lo que se pueda, como hizo Zaqueo. Si tu pasado incluye daño a otros o asuntos legales, hablar con honestidad con un pastor o un consejero, y en algunos casos con las autoridades correspondientes, puede ser parte de vivir en la luz.

Tampoco significa que vas a sentirte perdonado de inmediato. La vergüenza puede quedarse mucho después de que Dios ya soltó la deuda. Por eso los cristianos se necesitan unos a otros: para confesarse y orar unos por otros (Santiago 5:16), y para recordarse lo que Dios ha dicho cuando los sentimientos dicen otra cosa. Si la culpa te está aplastando o estás pensando en hacerte daño, por favor busca hoy mismo a un pastor, un consejero, un médico o una línea de ayuda en crisis de tu país.

Si te preguntas si esto te incluye

Te incluye. Jesús contó la historia de un hijo que malgastó su herencia y volvió a casa esperando, como mucho, que lo recibieran como jornalero. Su padre lo vio desde lejos, corrió a su encuentro y lo abrazó antes de que terminara el discurso que traía preparado (Lucas 15:11). Así describió Jesús a Dios. Puedes hablarle hoy con tus propias palabras. El plan de lectura de abajo recorre, día por día, el camino de la vergüenza a la libertad.