Si lees los tres primeros Evangelios y te preguntas de qué hablaba Jesús con más frecuencia, la respuesta salta a la vista. Hablaba del reino de Dios. Su primer mensaje público, según Marcos, fue que el tiempo se había cumplido y el reino de Dios estaba cerca, así que la gente debía volverse a Dios y creer en la buena noticia (Marcos 1:14). Sus parábolas, sus milagros y hasta su oración vuelven una y otra vez a ese tema. Entonces, ¿qué quería decir?
No es un lugar en el mapa
Cuando oímos la palabra reino, quizá pensamos en fronteras, castillos y una capital. En el lenguaje de Jesús, la idea se acerca más a reinado o gobierno: Dios siendo Rey en la práctica, no solo en teoría. El reino de Dios está dondequiera que la voluntad de Dios se cumple de verdad.
Por eso la oración que Jesús enseñó a sus seguidores pone dos frases juntas: que venga tu reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo (Mateo 6:10). La segunda explica la primera. Cuando unos líderes religiosos le preguntaron cuándo llegaría el reino, Jesús respondió que no viene de una forma que uno pueda señalar con el dedo (Lucas 17:20). Ante Poncio Pilato dijo que su reino no tiene su origen en este mundo (Juan 18:36). Es real, pero no es una nación más que compite con las otras.
El Evangelio de Mateo suele decir reino de los cielos. No es otra cosa. Muchos judíos de la época evitaban pronunciar el nombre de Dios por reverencia, y decir cielos era una forma respetuosa de referirse a él.
Una esperanza que Israel cargaba desde hacía siglos
Jesús no inventó la idea. Las Escrituras hebreas están llenas de la esperanza de que algún día Dios reinaría abiertamente sobre toda la tierra, acabaría con la injusticia y traería una paz duradera. Isaías habló de un niño que nacería para gobernar con justicia y cuya paz no tendría fin (Isaías 9:6). Daniel describió un reino de Dios que sobreviviría a todos los imperios, entregado a alguien semejante a un hijo de hombre (Daniel 2:44, Daniel 7:13).
Así que cuando Jesús anunció que el reino se había acercado, quienes lo escuchaban sabían de qué hablaba. Lo que los sorprendió fue la manera en que llegó.
Cómo se ve el reino
Jesús mostró el reino tanto como lo explicó. Cuando sanaba a los enfermos, recibía a los marginados y liberaba a las personas del mal, decía que eran señales de que el reino ya había llegado entre ellos (Lucas 11:20). El gobierno de Dios se veía como cosas rotas que se reparan.
También puso de cabeza los valores de siempre. Jesús dijo que el reino pertenece a los pobres en espíritu (Mateo 5:3) y que quien no lo recibe como un niño no entrará en él (Marcos 10:14). Los poderosos no estaban primeros en la fila. Cobradores de impuestos, pecadores y extranjeros se encontraron bienvenidos a la mesa.
Comienzos pequeños
Muchas parábolas de Jesús hablan del reino, y varias destacan lo pequeño y escondido que parece al principio. Es como una diminuta semilla de mostaza que crece hasta volverse una planta grande, o como la levadura que trabaja en silencio en toda la masa (Mateo 13:31). Es como un tesoro escondido en un campo, o una perla tan valiosa que un comerciante vende con alegría todo lo que tiene para quedarse con ella (Mateo 13:44).
Estas imágenes respondían a una pregunta natural. Si el reino de Dios ya había llegado, ¿por qué Roma seguía gobernando y el mundo seguía sufriendo? La respuesta de Jesús fue que el reino empieza pequeño y crece, muchas veces sin que nadie lo note, hasta llenarlo todo.
Ya, pero todavía no
Los cristianos suelen describir el reino con dos expresiones: ya y todavía no. Ya comenzó, porque el Rey vino, murió y resucitó. El apóstol Pablo escribe que Dios rescató a los creyentes y los trasladó al reino de su Hijo amado (Colosenses 1:13), y que el reino se distingue por la justicia, la paz y la alegría en el Espíritu Santo (Romanos 14:17).
Pero todavía no está completo. La enfermedad, la injusticia y la muerte siguen aquí. Los cristianos esperan el día en que Jesús regrese y Dios haga nuevas todas las cosas y seque toda lágrima (Apocalipsis 21:1).
Los cristianos ponen el acento en lugares distintos. Algunos subrayan la obra presente del reino en corazones transformados y en actos de justicia y misericordia; otros miran más hacia su plenitud futura cuando Cristo vuelva. Las tradiciones también sostienen ideas diferentes sobre cómo se desarrollará el final de la historia. Por encima de esas diferencias, casi todos coinciden en que el reino es a la vez un regalo que se recibe hoy y una esperanza que aún nos espera.
¿Cómo se entra en él?
Jesús le dijo a un maestro respetado llamado Nicodemo que nadie puede ver el reino de Dios si no nace de nuevo, de agua y del Espíritu (Juan 3:3). Entrar en el reino no depende de venir de la familia correcta ni de cumplir suficientes reglas. Empieza al volverse hacia Dios y confiar en Jesús, la misma invitación que hizo desde el principio.
Jesús también dijo que quienes buscan primero el reino de Dios descubrirán que Dios se ocupa de lo demás (Mateo 6:33). Para sus seguidores, eso se vuelve una orientación diaria: orar para que se haga la voluntad de Dios y vivir como si su reinado ya fuera real, porque creen que lo es.
Si quieres ver el reino a través de las propias historias de Jesús, Mateo 13 reúne varias de sus parábolas sobre el reino y es una buena primera lectura.

