Corinto dominaba el estrecho istmo que une la Grecia continental con el Peloponeso. Tenía dos puertos, Lequeo en un golfo y Cencrea en el otro, y mercancías y viajeros cruzaban de uno a otro para no rodear los cabos tormentosos del sur. Sobre la ciudad se alzaba la roca empinada del Acrocorinto.
La antigua ciudad griega fue destruida por el general romano Mumio en el año 146 a. C. Un siglo después, en el 44 a. C., Julio César la refundó como colonia romana, y en tiempos de Pablo era la capital de la provincia de Acaya: nueva, próspera, ambiciosa, llena de esclavos libertos, comerciantes, soldados y recién llegados de todas partes. Cerca de ahí se celebraban los Juegos Ístmicos, lo que quizá explica las imágenes de corredores y premios que usa Pablo (1 Corintios 9:24).
Corinto tenía fama de vida desenfrenada, a veces resumida en la idea de que mil prostitutas sagradas servían a Afrodita. Esa afirmación viene del geógrafo Estrabón y se refiere a la ciudad griega anterior; muchos estudiosos dudan que valga para la Corinto romana de Pablo. Aun así, las cartas muestran una iglesia rodeada de dioses rivales, afán de prestigio y libertinaje.


