Jerusalén está sobre una loma en los montes de Judea, a unos 750 metros sobre el Mediterráneo, rodeada en tres lados por valles profundos: el Cedrón al oriente y el de Hinom al sur y al poniente. No está junto a un gran río ni sobre una ruta comercial importante. Su fuerza estaba en su posición y, sobre todo, en su agua: el manantial de Gihón, al pie de la ladera oriental, que hizo posible una ciudad en esa colina angosta.
La parte más antigua es un pequeño espolón que baja hacia el sur desde la actual explanada del templo, llamado en la Biblia la fortaleza de Sion y la Ciudad de David. Desde ahí Jerusalén creció hacia el norte, a la parte alta donde estuvo el templo, y después hacia el poniente. Casi siempre fue una ciudad modesta comparada con Babilonia o Nínive. Su importancia nunca fue el tamaño. Era el lugar que Dios escogió para que habitara su nombre, y la Biblia vuelve a ella más que a cualquier otra ciudad.


