Pablo nació con el nombre de Saulo en Tarso, una ciudad próspera y culta en lo que hoy es el sur de Turquía, en una familia judía de la tribu de Benjamín que además tenía la ciudadanía romana (Hechos 22:3; Hechos 22:25). Lo enviaron a Jerusalén a estudiar con Gamaliel, el maestro más respetado de su tiempo, y llegó a ser un fariseo tan celoso que, según su propia descripción, nadie podía reprocharle nada en cuanto a la ley (Filipenses 3:4).
Aparece por primera vez en la Biblia cuidando la ropa de los hombres que apedreaban a Esteban, el primer mártir de la iglesia, y dando su aprobación (Hechos 7:58). Después se dedicó a sacar creyentes de sus casas para meterlos en la cárcel, y viajaba a Damasco con ese mismo plan cuando todo cambió (Hechos 8:1). Pablo nunca escondió ese pasado. Se ponía en el último lugar entre los apóstoles por haber perseguido a la iglesia, y se llamaba el ejemplo más claro de un pecador que recibió misericordia, para que nadie se creyera fuera de su alcance (1 Corintios 15:8; 1 Timoteo 1:15).
Durante los siguientes treinta años recorrió miles de kilómetros por tierra y por mar, fundando iglesias en Asia Menor y Grecia y escribiéndoles cartas. Trece cartas del Nuevo Testamento llevan su nombre, y Lucas, su compañero de viaje, le dedica más de la mitad del libro de los Hechos. Una tradición antigua sostiene que fue decapitado en Roma bajo Nerón hacia mediados de los años 60.

