Dios llamó al profeta Jonás a ir a predicar contra Nínive, la gran ciudad, y Jonás huyó en dirección contraria (Jonás 1:1). Después de la tormenta y del gran pez, Dios lo llamó por segunda vez, y entonces sí fue. Su mensaje fue breve: en cuarenta días la ciudad sería destruida. Para su disgusto, la gente le creyó a Dios; desde el rey hasta el más pequeño ayunaron, se vistieron de luto y dejaron su violencia, y Dios no envió el castigo (Jonás 3:4-5).
Jonás se enojó, y el libro termina con una pregunta de Dios sobre su compasión por una ciudad llena de personas y animales que no sabían distinguir la derecha de la izquierda.
“Entonces el Señor le dijo: ―Sientes lástima porque fue destruida la planta que te daba sombra, aunque tú no trabajaste en ella y, que de todos modos, es de corta vida.”
El arrepentimiento de Nínive no duró. Asiria destruyó el reino del norte, Israel, en el 722 a. C., y en el 701 a. C. Senaquerib invadió Judá, tomó Laquis y amenazó Jerusalén. Ezequías oró, la ciudad fue librada y Senaquerib volvió a Nínive, donde años después lo mataron sus propios hijos mientras adoraba a su dios (2 Reyes 19:35).
Unos cien años después de Jonás, el profeta Nahúm anunció el fin de Nínive. Describió al Señor como lento para la ira pero justo (Nahúm 1:3) e imaginó las compuertas del río abiertas y el palacio derrumbándose (Nahúm 2:6). Sofonías vio a la ciudad orgullosa convertida en un pastizal seco para rebaños (Sofonías 2:13). En el 612 a. C., una alianza de babilonios y medos saqueó Nínive, y nunca volvió a levantarse.
Jesús mismo recordó a esa ciudad. Dijo que los habitantes de Nínive se arrepintieron con la predicación de Jonás, y que ahora había ahí alguien mayor que Jonás (Mateo 12:41, Lucas 11:30).