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Personajes de la Biblia · Antiguo Testamento · 4 min de lectura

¿Quién fue Ester en la Biblia?

Una huérfana judía que llegó a ser reina de Persia y arriesgó su vida para frenar un decreto que habría exterminado a su pueblo, en un libro donde Dios no se nombra pero siempre actúa.

Época

El Imperio persa bajo Jerjes, alrededor del año 480 a. C.

Quién fue

Huérfana judía criada por su primo, reina de Persia, libertadora de su pueblo

Familia y personas cercanas

Primo y padre adoptivo
Mardoqueo
Esposo
El rey Asuero (Jerjes)
Padre
Abihaíl

Quién fue

Ester era una joven judía huérfana que creció en Susa, una de las capitales del Imperio persa, más de un siglo después de que Nabucodonosor se llevara a su pueblo al exilio. Su nombre hebreo era Hadasa. Al morir sus padres, su primo mayor Mardoqueo la adoptó y la crió como a una hija (Ester 2:5). Cuando el rey Asuero, conocido en la historia como Jerjes, destituyó a la reina Vasti y buscó reemplazo por todo el imperio, Ester fue llevada al palacio junto con muchas otras jóvenes, y el rey terminó eligiéndola como reina (Ester 2:17). Por consejo de Mardoqueo, no le dijo a nadie que era judía.

El libro que lleva su nombre es famoso por algo que no contiene: nunca menciona a Dios por su nombre. Algunas tradiciones cristianas, entre ellas la católica y la ortodoxa, leen una versión griega más larga que incluye oraciones de Ester y de Mardoqueo; las Biblias protestantes usan el texto hebreo, más breve. En ambas el mensaje es el mismo: Dios no se ve, pero nunca está ausente, y actúa por medio de un banquete, una noche de insomnio y el valor de una mujer joven.

Las familias judías vuelven a contar su historia cada año en la fiesta de Purim, que el propio libro instituye (Ester 9:20), y los cristianos la han leído desde siempre como un modelo de fe bajo presión.

Momentos clave

El decreto de Amán. Amán, el funcionario más alto del rey, se llenó de furia porque Mardoqueo no se inclinaba ante él, y convenció al rey de autorizar la destrucción de todos los judíos del imperio en un solo día, elegido echando suertes (Ester 3:8). Los mensajeros llevaron la orden a todas las provincias (Ester 3:13). Mardoqueo rasgó su ropa y se sentó vestido de luto frente a la puerta del palacio.

El mensaje a través de la puerta. Ester se enteró del decreto por sus sirvientes y le mandó decir a Mardoqueo que no podía simplemente presentarse ante el rey: quien entraba sin ser llamado moría, a menos que el rey extendiera su cetro de oro, y a ella no la habían llamado en un mes (Ester 4:11). La respuesta de Mardoqueo es el eje de todo el libro. Le advirtió que el silencio no la salvaría y le planteó que tal vez había llegado a ser reina justamente para una hora como esa (Ester 4:13). Ester pidió a los judíos de Susa que ayunaran tres días con ella y decidió ir ante el rey, aunque le costara la vida (Ester 4:15).

El cetro. Al tercer día se vistió con sus ropas reales y se paró en el patio interior. El rey la vio, le extendió el cetro y le ofreció lo que quisiera (Ester 5:1). En lugar de soltar su petición de inmediato, ella invitó al rey y a Amán a un banquete, y luego a un segundo.

Una noche sin dormir. Entre los dos banquetes, el rey no pudo conciliar el sueño y pidió que le leyeran las crónicas del reino. Así se enteró de que Mardoqueo había denunciado tiempo atrás una conspiración contra su vida y nunca había sido recompensado (Ester 6:1). Amán, que acababa de levantar una horca para Mardoqueo, recibió la orden de pasearlo con honores por la ciudad. El giro había comenzado.

El segundo banquete. Allí Ester por fin habló. Suplicó por su vida y por la de su pueblo, y señaló a Amán como el enemigo (Ester 7:3). Amán fue colgado en la horca que él mismo había construido. Como las leyes persas no podían revocarse, Ester volvió ante el rey, entre lágrimas, y consiguió un segundo decreto que permitía a los judíos defenderse (Ester 8:3). El día señalado para su destrucción se convirtió en día de liberación, y Ester y Mardoqueo escribieron cartas para establecer Purim como celebración anual (Ester 9:29-31).

Qué aprendemos de Ester

Ester nos enseña que la providencia de Dios casi siempre se parece a los hechos ordinarios. Un concurso de belleza, el insomnio de un rey, una lectura casual de registros viejos: nada de eso lleva la etiqueta de milagro, y sin embargo todo se inclina hacia el rescate. Cuando Dios parece guardar silencio, el libro de Ester nos invita a mirar de nuevo las coincidencias.

También nos muestra de qué está hecho el valor. Ester no era una mujer sin miedo; dijo con claridad que podía morir. Lo que hizo fue ayunar, reunir a su comunidad alrededor de ella y después actuar. Sus tres días de ayuno antes de un paso decisivo han marcado la práctica cristiana desde entonces, y su disposición a arriesgar su posición por gente que no podía devolverle nada es una imagen del amor que cuesta.

Y su historia le hace una pregunta a cada lector: ¿y si estás donde estás por un propósito? Ester no pudo escoger sus circunstancias, pero sí pudo escoger qué hacer con el lugar que ocupaba en ellas. Los cristianos han visto en ella, desde hace siglos, un recordatorio de que Dios coloca a los suyos en trabajos, familias y ciudades para el bien de otros.

Versículos clave

Ester 4:13-14

Nueva Biblia Viva
“Entonces Mardoqueo le mandó a decir: «¿Piensas que porque estás en el palacio escaparás cuando los otros judíos sean muertos? Si callas en un tiempo como este, Dios salvará a los judíos de alguna otra manera, pero tú y tu familia morirán. ¿Y quién sabe si no es para ayudar a tu pueblo en un momento como este que has llegado a ser reina?».”

Ester 4:15-16

Nueva Biblia Viva
“Entonces Ester envió a decir a Mardoqueo: «Ve y reúne a todos los judíos de Susa y pídeles que ayunen por mí. Diles que no coman ni beban durante tres días con sus noches. Yo y mis sirvientas haremos lo mismo. Luego, aunque está estrictamente prohibido, me presentaré ante al rey. ¡Si he de morir, que muera!».”

Ester 7:3-4

Nueva Biblia Viva
“La reina Ester le contestó: ―Si de verdad me he ganado el favor de Su Majestad, y si lo desea, le ruego que salve mi vida y la vida de mi pueblo. Porque mi pueblo y yo hemos sido vendidos a quienes quieren destruirnos. ¡Estamos condenados a la destrucción total! Si sólo hubiéramos sido vendidos como esclavos y esclavas, yo no me quejaría delante de Su Majestad, pues eso no sería motivo para inquietarlo.”

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