Juan el Bautista fue el último profeta al estilo del Antiguo Testamento y el primer predicador del Nuevo. Según Lucas, nació de Zacarías, un sacerdote, y de Elisabet, descendiente de Aarón, un matrimonio ya mayor que había perdido la esperanza de tener hijos. Un ángel anunció su nacimiento en el templo, le indicó a Zacarías el nombre del niño y dijo que iría delante del Señor con el mismo espíritu y la misma fuerza de Elías (Lucas 1:13). Elisabet era pariente de María, así que Juan y Jesús eran familia, nacidos con unos seis meses de diferencia (Lucas 1:36).
Creció en el desierto de Judea, y cuando empezó a predicar su aspecto lo decía todo: ropa de pelo de camello, cinturón de cuero, langostas y miel silvestre como alimento; la figura de Elías, no la de un sacerdote (Mateo 3:4). Su mensaje era un llamado al arrepentimiento, a cambiar de mente y de vida, sellado con un bautismo en el Jordán. De Jerusalén y de toda Judea acudían multitudes a escucharlo (Marcos 1:4). Hacía cuatro siglos que Israel no veía algo así.
Los Evangelios lo presentan como el mensajero prometido por Isaías y Malaquías, la voz que en el desierto abre camino a Dios (Isaías 40:3; Malaquías 3:1). Jesús dijo que ninguna persona nacida hasta entonces había sido más grande que Juan (Mateo 11:11). Juan, por su parte, dijo que no era digno ni de desatarle las sandalias al que venía detrás de él.


