María era una muchacha judía de Nazaret, un pueblo pequeño de Galilea del que nadie esperaba nada. Cuando aparece en el relato está comprometida con José, un carpintero descendiente del rey David, y según las costumbres de la época probablemente tenía apenas quince o dieciséis años. Lucas cuenta, sin adornos, que Dios le envió un ángel (Lucas 1:26).
Los Evangelios le dedican a María más espacio que a cualquier otra mujer, y sin embargo habla muy pocas veces. Lucas y Juan la muestran en unos pocos cuadros: el ángel, Elisabet, el pesebre, una boda y la cruz. Hechos la ubica entre los primeros creyentes que oraban juntos después de la ascensión (Hechos 1:13-14).
Los cristianos de todas las tradiciones honran a María como la madre de Jesús, y la iglesia antigua defendió llamarla Madre de Dios porque su hijo es verdaderamente Dios. A partir de ahí hay diferencias. Católicos y ortodoxos sostienen que fue virgen toda su vida y entienden que los hermanos de Jesús que nombran los Evangelios (Mateo 13:55) eran primos o hijos de un matrimonio anterior de José; la mayoría de los protestantes los consideran hijos menores de María y José. La Iglesia católica enseña además que María fue concebida sin pecado y llevada al cielo en cuerpo y alma, doctrinas que otros cristianos no comparten. Lo que todos comparten es el retrato de los Evangelios: una mujer de fe que dijo que sí a Dios a un precio muy alto.

