Elías aparece de la nada. El libro de los Reyes lo presenta con una sola línea, un hombre de Tisbé, en Galaad, la región agreste al este del Jordán, y de inmediato lo muestra de pie frente al rey Acab anunciando que no lloverá hasta que él lo diga (1 Reyes 17:1). Sin genealogía, sin relato de llamado. Simplemente llega, vestido con un manto tosco y un cinturón de cuero, y el reino del norte de Israel ya no vuelve a ser el mismo.
Le tocó vivir una de las épocas más oscuras de la historia de Israel. Acab se había casado con Jezabel, una princesa de Sidón, y juntos impulsaron el culto a Baal, el dios cananeo de la tormenta, mientras se perseguía a los profetas del Señor. Todo el ministerio de Elías gira en torno a una pregunta: ¿quién es de verdad Dios en Israel?
Es el gran profeta del fuego y de la sequía, pero también el de los cuervos que traen pan, la tinaja de una viuda que nunca se vacía y un niño que vuelve a la vida. No murió de manera ordinaria, y las últimas palabras del Antiguo Testamento prometen que regresará antes del gran día del Señor (Malaquías 4:5). Jesús dijo que esa promesa se cumplió en Juan el Bautista (Mateo 11:14), y el propio Elías estuvo junto a Moisés al lado de Jesús en el monte de la transfiguración (Mateo 17:1).


