Sara, llamada al principio Sarai, fue la esposa de Abraham y también, según él mismo confesó, su media hermana, hija de su padre pero no de su madre (Génesis 20:12). Salió con él de Ur y después de Harán, y lo único que Génesis nos dice de ella antes del viaje es que no podía tener hijos (Génesis 11:29). En su mundo eso no era solo un dolor íntimo; era una vergüenza pública y un signo de interrogación sobre la promesa de Dios, que dependía por completo de un hijo.
Es la única mujer del Antiguo Testamento cuya edad al morir se registra, y la Escritura no la trata como una nota al pie de Abraham, sino como compañera en el pacto. Dios le cambió el nombre igual que a él y anunció con claridad que de ella saldrían naciones y reyes (Génesis 17:15). Isaías le pide a Israel que mire hacia Sara como la madre que los dio a luz (Isaías 51:2), y el Nuevo Testamento la incluye entre los ejemplos de fe (Hebreos 11:11).
Era, además, tan hermosa, incluso pasados los sesenta y cinco años, que Abraham temía que los reyes lo mataran para quedarse con ella, y tenía un carácter tan firme que la historia gira a su alrededor. Su risa, su impaciencia y la manera feroz en que defendió a su hijo están en la página. A Sara nadie la pulió.

