Abraham nació con el nombre de Abram en Ur, una ciudad de la antigua Mesopotamia, y de allí su familia se trasladó a Harán. Fue en Harán donde Dios lo llamó a dejar su tierra, su parentela y la casa de su padre para ir a un lugar que todavía no conocía (Génesis 11:27). Tenía setenta y cinco años cuando partió con su esposa Sarai, su sobrino Lot, sus siervos y sus rebaños. No tenía hijos, y la promesa que lo ponía en camino hablaba justamente de descendencia y de una bendición que alcanzaría a todas las familias de la tierra (Génesis 12:1).
Pocas personas ocupan tanto espacio en Génesis como Abraham, y el resto de la Biblia vuelve a él una y otra vez. Israel se llamó a sí mismo su descendencia, Dios se presentó ante Moisés como el Dios de Abraham, y el Nuevo Testamento lo llama padre de todos los que creen (Romanos 4:16). Judíos, cristianos y musulmanes lo reconocen como antepasado en la fe, y por eso a veces se le llama padre de tres religiones.
Sin embargo, el relato bíblico no lo convierte en una estatua. Mintió sobre su esposa para protegerse a sí mismo, quiso adelantar la promesa por medio de Agar y se rió cuando le dijeron que Sara tendría un hijo en su vejez. Lo que lo distingue no es la perfección, sino la confianza: una y otra vez le creyó a Dios y se puso en marcha.


