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Guía por tema · 12 versículos

Versículos de la Biblia sobre Duelo y pérdida

El duelo es el precio de amar, y la Escritura nunca pide a quien llora que se apure. La Biblia está llena de lágrimas: salmos que claman, amigos que se sientan en silencio y Jesús mismo llorando frente a una tumba. Estos pasajes se agrupan en torno a tres necesidades: saber que Dios está cerca cuando estás quebrantado, tener permiso para lamentarte con sinceridad y recibir un consuelo que mira más allá de la muerte. Si tu tristeza pesa mucho o dura demasiado, habla también con un médico, un consejero o un pastor; y si alguna vez piensas en hacerte daño, llama de inmediato a una línea local de crisis.

Dios cerca de los quebrantados

“El Señor está cerca de los que tienen el corazón quebrantado; libra a los de espíritu abatido.”

Este versículo dice que Dios se acerca a quienes tienen el corazón roto y rescata a los de espíritu abatido. Ofrece su presencia más que una explicación.

“Aun cuando atraviese el negro valle de la muerte, no tendré miedo, pues tú irás siempre muy junto a mí. Tu vara de pastor y tu cayado me protegen y me dan seguridad.”

El salmo del pastor habla de caminar por el valle más oscuro sin temor porque Dios va a tu lado. Fíjate en que dice atravesar, no quedarse allí para siempre.

“Jesús, al ver llorar a María y a los judíos que la acompañaban, se conmovió mucho y se turbó. Él les preguntó:―¿Dónde lo sepultaron?Ellos le respondieron: ―Ven a verlo, Señor. Jesús lloró.”

Ante la tumba de su amigo Lázaro, Jesús se conmueve profundamente y llora, aun sabiendo lo que va a hacer. Sus lágrimas muestran que sufrir una pérdida no es falta de fe.

“¡Dichosos los que lloran, porque serán consolados!”

Al comenzar el Sermón del Monte, Jesús llama bienaventurados a los que lloran porque serán consolados. Nombra el duelo sin avergonzarlo.

“Lleva la cuenta de mis lamentos. Has recogido todas mis lágrimas y las has guardado en un frasco. Has anotado cada una de ellas en tu libro.”

David imagina a Dios llevando la cuenta de sus andanzas y guardando sus lágrimas como si cada una importara. Nada de lo que lloras pasa inadvertido.

Espacio para lamentarse con sinceridad

“¿Hasta cuándo me tendrás en el olvido, Señor? ¿Para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro? ¿Hasta cuándo soportaré esta diaria angustia? ¿Hasta cuándo triunfará mi enemigo? Respóndeme, oh Señor, Dios mío. ¡Devuélveles la luz a mis ojos! No permitas que mis enemigos digan: «Lo hemos vencido». No los dejes gozarse por mi derrota. Pero yo, desde ya, confío en tu gran amor. Me gozo porque tú me has salvado. Te canto, Señor, por el bien que me has hecho.”

El salmista pregunta hasta cuándo Dios parecerá ausente y poco a poco se va acercando a la confianza. Es un modelo de queja sincera que termina en esperanza sin fingir que el dolor desapareció.

“Para todo hay un tiempo oportuno. Hay tiempo para todo lo que se hace bajo el sol. Tiempo de nacer; Tiempo de morir; Tiempo de plantar; Tiempo de cosechar; Tiempo de matar; Tiempo de sanar; Tiempo de destruir; Tiempo de reedificar; Tiempo de llorar; Tiempo de reír; Tiempo de tener duelo; Tiempo de danzar;”

El Predicador recuerda que la vida tiene estaciones, entre ellas un tiempo para llorar y otro para hacer duelo. Da permiso para sufrir sin ponerle fecha límite.

“Había tres amigos de Job, que al enterarse de la gran tragedia que le había sobrevenido, se pusieron de acuerdo para ir a consolarlo y animarlo. Se llamaban Elifaz de Temán, Bildad de Súah y Zofar de Namat. Job estaba tan cambiado que casi no lo reconocieron. Sus amigos rompieron a llorar, rasgaron su ropa, lanzaron polvo al aire y se echaron tierra en la cabeza en señal de dolor. Luego se sentaron silenciosos en el suelo junto a Job durante siete días y siete noches, y ninguno dijo nada; comprendían que su aflicción era tal que no había lugar para las palabras.”

Los tres amigos de Job llegan, lloran con él y se sientan a su lado en silencio durante una semana. Su mejor momento es esa presencia callada, un buen ejemplo para quien acompaña a alguien en duelo.

Consuelo que mira más allá de la muerte

“¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación! Él nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos consolar a todos los que sufren, con el mismo consuelo que él nos prodigó.”

Pablo llama a Dios Padre de misericordia, que nos consuela para que nosotros podamos consolar a otros. El duelo bien acompañado suele volverse capacidad para estar junto a otro en el suyo.

“Hermanos, no queremos que ignoren lo que pasa con los que mueren, para que no se pongan tristes como esos otros que no tienen esperanza. Si creemos que Jesús murió y después resucitó, entonces también debemos creer que Dios resucitará con Jesús a los que murieron creyendo en él.”

Pablo escribe para que los creyentes no sufran como quienes no tienen esperanza por sus seres queridos que han muerto. Los cristianos también lloramos, pero con la resurrección de Jesús a la vista.

“»No se angustien. Confíen en Dios, y confíen también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, no les habría dicho que voy a prepararles un lugar. Y si me voy a prepararles un lugar, volveré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté.”

Ante su propia partida, Jesús dice a discípulos turbados que les prepara un lugar y que volverá por ellos. Es una promesa de volver a estar juntos.

“Él les enjugará las lágrimas y no habrá muerte ni llanto ni clamor ni dolor, porque estos pertenecen a un pasado que no existe más».”

Juan describe un día en que Dios enjugará toda lágrima y ya no habrá muerte, llanto ni dolor. Es el fin prometido de la pérdida que hoy sentimos.

Una oración breve

Señor, tú ves mis lágrimas y conoces el nombre de quien extraño. Quédate cerca de mí en este valle, dame personas que se sienten a mi lado y guíame con ternura hacia el consuelo. Amén.

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