María Magdalena recibe su nombre de Magdala, un pueblo de pescadores en la orilla occidental del mar de Galilea, unos kilómetros al norte de Tiberias. Los Evangelios no le atribuyen esposo, padre ni hijos, algo poco común para una mujer de su tiempo, y probablemente por eso se la identifica por su pueblo y no por un pariente. Lucas la presenta dentro de un grupo de mujeres que acompañaban a Jesús y sostenían con sus propios bienes a él y a los doce, y añade el único dato que tenemos de su pasado: Jesús la había liberado de siete demonios (Lucas 8:1).
Eso es todo lo que sabemos de su historia anterior. La Biblia nunca la llama prostituta ni mujer de mala fama. La idea de que fue la pecadora anónima que ungió los pies de Jesús (Lucas 7:36), o María de Betania, surgió en la iglesia de Occidente varios siglos después; hoy la mayoría de los estudiosos, tanto católicos como protestantes, las consideran tres mujeres distintas, y la iglesia oriental nunca las confundió. Lo que el texto dice es más sencillo y más hermoso: una mujer sanada que se convirtió en discípula fiel.
Y en una discípula destacada. Cada vez que los Evangelios enumeran a las mujeres que seguían a Jesús, su nombre suele encabezar la lista (Marcos 15:40). Estuvo junto a la cruz cuando casi todos los hombres habían huido, estuvo en la sepultura y estuvo al amanecer del tercer día. Los cuatro Evangelios la nombran como testigo de la tumba vacía, y Juan la presenta como la primera persona que vio a Jesús resucitado.

