Entre el río donde Jesús fue bautizado y las colinas donde comenzó a enseñar, los Evangelios ubican un tramo de desierto. Durante unos cuarenta días Jesús estuvo allí solo, con hambre y, según los Evangelios, puesto a prueba por el diablo. Es una de las escenas más humanas de toda su historia, y despierta preguntas sinceras: ¿de verdad Jesús podía ser tentado? ¿Por qué Dios lo permitió? ¿Y qué tiene que ver eso con nosotros hoy?

Lo que pasó en el desierto

Mateo, Marcos y Lucas cuentan la historia. Marcos la resume en dos frases: el Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde pasó cuarenta días entre animales salvajes, fue tentado por Satanás y los ángeles lo atendían (Marcos 1:12). Mateo y Lucas se detienen más y describen tres tentaciones concretas (Mateo 4:1, Lucas 4:1).

Fíjate en quién lo lleva allí. No es un accidente ni un desvío. El mismo Espíritu que descendió sobre él en el Jordán lo conduce al desierto. La prueba forma parte del camino; no es una pausa en él.

Tres ofertas

Convertir piedras en pan. Después de semanas sin comer, Jesús está hambriento. La propuesta es sencilla: si eres el Hijo de Dios, usa tu poder para alimentarte. Jesús responde con palabras de Deuteronomio sobre cómo las personas no viven solo de pan, sino de todo lo que sale de Dios (Deuteronomio 8:3). No va a usar su poder para escapar de la confianza que su Padre le pide.

Lanzarse desde el templo. El diablo lo lleva a lo más alto del templo de Jerusalén y hasta cita un salmo sobre ángeles que sostienen a quien confía en Dios (Salmos 91:11). Salta, y deja que Dios se luzca delante de todos. Jesús contesta que no hay que poner a prueba a Dios (Deuteronomio 6:16). Confiar no es obligar a Dios con un espectáculo.

Arrodillarse y quedarse con el mundo. Por último, el diablo le muestra los reinos del mundo y se los ofrece todos a cambio de un solo acto de adoración. Es un atajo al trono sin pasar por la cruz. Jesús lo rechaza: solo a Dios se adora y se sirve (Deuteronomio 6:13). Lucas añade que el diablo se alejó de él hasta otra ocasión (Lucas 4:13), una señal discreta de que las pruebas no habían terminado.

¿Por qué esas tres?

Cada tentación tocaba algo real. El hambre es una necesidad verdadera. Querer que la gente reconozca quién eres es comprensible. Desear que el mundo se arregle es bueno. En cada caso, la tentación era conseguir algo bueno por el camino equivocado, sin confiar en el Padre ni obedecerle.

Las respuestas de Jesús también dicen mucho. Las tres vienen de Deuteronomio, de la parte en que Moisés le recuerda a Israel sus cuarenta años en el desierto. Allí Israel también fue probado: se quejó por el pan, exigió pruebas de que Dios estaba con ellos y se fue tras otros dioses (Éxodo 16:2, Deuteronomio 8:2). Muchos cristianos ven a Jesús entrando de nuevo en esa misma historia y viviéndola bien. Donde Israel tropezó, el Hijo se mantiene fiel. Algunos ven además un eco del huerto del Edén, donde los primeros seres humanos escucharon una voz que ponía en duda la bondad de Dios y tomaron lo que no se les había dado (Génesis 3:1). Jesús escucha esa misma clase de voz y no extiende la mano.

¿De verdad Jesús podía ser tentado?

Los cristianos han reflexionado mucho sobre esto. El Nuevo Testamento dice con claridad que Jesús fue tentado en todo como nosotros, pero sin pecado (Hebreos 4:15). Las tentaciones no fueron teatro. El hambre era real, la atracción era real y la decisión era real.

Al mismo tiempo, los cristianos creen que Jesús nunca cedió. Algunos teólogos sostienen que, por ser plenamente Dios, no podía pecar; otros subrayan que su humanidad era tan verdadera que la lucha tuvo un peso auténtico. Casi todos coinciden en lo principal: ser tentado no es lo mismo que pecar. Jesús sintió la atracción y dijo que no. Por eso la carta a los Hebreos afirma que él puede ayudar a quienes pasan por la prueba, porque él mismo la vivió (Hebreos 2:18).

Lo que significa para nosotros

Para mucha gente, lo más consolador de esta historia es simplemente que Jesús pasó por ahí. Sea cual sea la presión que enfrentes, el hambre, la soledad, las ganas de tomar un atajo, esa voz que dice que Dios no es tan bueno, él la conoce desde adentro.

La historia también muestra un camino. Jesús no ganó a pura fuerza de voluntad ni con una demostración espectacular. Se apoyó en lo que Dios ya había dicho y en su confianza en el Padre. A los cristianos se les anima a hacer lo mismo: conocer las Escrituras, orar, como Jesús enseñó después, para no caer en tentación (Mateo 6:13), y recordar que Dios da una salida para poder resistir (1 Corintios 10:13). Santiago añade que la tentación nunca viene de Dios mismo (Santiago 1:13).

Y el desierto no fue el final. Lucas cuenta que Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y comenzó su obra pública (Lucas 4:14). Las pruebas regresaron, sobre todo en el huerto la noche antes de la cruz, donde oró para que se hiciera la voluntad de su Padre (Lucas 22:42). La fidelidad que mostró en el desierto lo acompañó hasta la Pascua.

Si quieres leerlo por tu cuenta, empieza con Lucas 4:1. Se lee en pocos minutos y es un buen lugar para conocer a Jesús como alguien que sabe lo que cuesta decirle que sí a Dios.