Pocas cosas sobre Jesús son tan seguras desde el punto de vista histórico como esta: un profeta llamado Juan lo bautizó en el río Jordán. El historiador judío Josefo, que escribía hacia el año 94, recuerda a Juan como un hombre bueno que llamaba a vivir con rectitud y bautizaba a la gente, hasta que Herodes Antipas, temiendo su influencia, lo mandó matar en la fortaleza de Maqueronte. Estudiosos de casi todas las posturas, creyentes y escépticos, ponen el bautismo de Jesús junto a su crucifixión entre los hechos más seguros, en parte porque plantea una pregunta incómoda que ningún cristiano de los primeros tiempos se habría inventado: si Jesús nunca pecó, ¿por qué hizo fila para un bautismo pensado para quienes se arrepentían? Los Evangelios también sintieron esa pregunta, y su respuesta dice mucho sobre quién es Jesús.

Juan junto al Jordán

Antes de que Jesús fuera conocido, un hombre con aire de profeta llamado Juan reunía multitudes junto al río Jordán, en el desierto al este de Jerusalén. Se le recuerda como Juan el Bautista. Vivía con sencillez, hablaba sin rodeos y llamaba a todos, desde soldados hasta cobradores de impuestos, a volverse a Dios y vivir con honradez (Lucas 3:7). Como señal de ese cambio, los sumergía en el río.

Juan también decía que él solo estaba preparando el terreno. Detrás de él venía alguien mayor, alguien a quien él no se sentía digno ni de desatarle las sandalias (Marcos 1:4). Los Evangelios relacionan su misión con la antigua promesa de Isaías sobre una voz en el desierto que abre camino al Señor (Isaías 40:3, Mateo 3:1).

Jesús entra al agua

Jesús, que tenía unos treinta años, bajó desde Galilea y le pidió a Juan que lo bautizara (Lucas 3:21). Mateo cuenta que Juan quiso negarse. Para él las cosas debían ser al revés: era él quien necesitaba a Jesús. Jesús le respondió que convenía hacerlo así, como parte de cumplir todo lo que Dios pedía, y Juan aceptó (Mateo 3:13).

Ese breve diálogo muestra que los primeros lectores también sintieron la tensión. Los evangelistas no la esconden. Simplemente muestran que Jesús lo eligió, con mansedumbre y a propósito.

Los cielos se abren

Mateo, Marcos y Lucas describen lo que siguió de manera parecida. Cuando Jesús salía del agua, el Espíritu de Dios descendió sobre él en una forma como de paloma, y una voz del cielo habló de él como el Hijo amado en quien el Padre se complace (Marcos 1:9, Mateo 3:16). El Evangelio de Juan lo cuenta a través del testimonio del Bautista: dice que vio al Espíritu bajar y quedarse sobre Jesús, y que así supo quién era (Juan 1:29).

Los cristianos han notado desde hace siglos que este es uno de los momentos más claros de la Biblia en que aparecen juntos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: el Hijo en el río, el Espíritu que desciende, la voz del Padre desde lo alto. Más tarde la iglesia lo pondría en palabras con la enseñanza de la Trinidad, pero la escena en sí es sencilla y serena.

Entonces, ¿por qué se bautizó?

Los Evangelios no dan una sola respuesta redonda, y a lo largo de los siglos los cristianos han señalado varias razones que encajan entre sí.

Se puso del lado de quienes vino a salvar. El bautismo de Juan era para personas que reconocían su necesidad. Al unirse a ellas, Jesús no confesaba pecados propios; se colocaba junto a los pecadores, en la misma fila, en la misma agua turbia. Muchos cristianos ven aquí un anticipo de lo que haría en la cruz, al ocupar el lugar de otros.

Comenzó su obra pública. El bautismo funciona como un envío. Justo después, los Evangelios dicen que el Espíritu llevó a Jesús al desierto para ser probado, y luego empezó a predicar en Galilea (Marcos 1:12). Tiempo después, Pedro resumió el ministerio de Jesús diciendo que Dios lo ungió con el Espíritu Santo y con poder (Hechos 10:36-37).

Fue presentado al mundo. La voz del cielo recuerda palabras de los Salmos y de Isaías sobre el rey y el siervo escogidos por Dios (Salmos 2:7, Isaías 42:1). Antes de sanar a nadie o contar una sola parábola, el Padre declaró quién era y que era amado.

Dio ejemplo. Más adelante Jesús envió a sus seguidores a bautizar a gente de todas las naciones (Mateo 28:19). Cuando hoy alguien se bautiza, entra en un agua en la que Jesús entró primero.

¿El bautismo de Jesús fue igual al bautismo cristiano?

No exactamente. El bautismo de Juan era una señal de volverse a Dios como preparación para el que venía. El bautismo cristiano, desde los primeros días de la iglesia, se hacía en el nombre de Jesús y se relacionaba con recibir el Espíritu Santo (Hechos 2:38, Hechos 19:1). El apóstol Pablo lo describe como quedar unidos a la muerte y a la nueva vida de Jesús (Romanos 6:3).

Los cristianos practican el bautismo de distintas maneras. Muchas iglesias bautizan a bebés como señal de la promesa de Dios a la familia de la fe; otras bautizan solo a quienes ya pueden profesar su fe por sí mismos. Unas sumergen, otras derraman agua, otras rocían. También entienden de forma algo distinta lo que ocurre en el bautismo. Son diferencias reales y antiguas, sostenidas por creyentes sinceros, y casi todos los cristianos coinciden en que el bautismo importa porque Jesús mismo lo vivió y pidió a sus seguidores que lo continuaran.

Lo que puede significar para ti

El bautismo de Jesús se lee a menudo como una historia sobre identidad. Antes de hacer ninguna obra pública, escuchó que era el Hijo amado del Padre. Los cristianos creen que quienes se acercan a Dios por medio de Jesús son recibidos de forma parecida: no amados por su historial, sino acogidos como hijos (Romanos 8:15).

Si te da curiosidad, los relatos son breves. Puedes leer Marcos 1:1 en unos minutos y luego compararlo con Mateo 3:13 y Lucas 3:21 para ver cómo lo cuenta cada uno.