Moisés nació en Egipto, hijo de esclavos hebreos, en el peor momento posible: el faraón había ordenado arrojar al Nilo a todo niño hebreo recién nacido. Su madre lo escondió tres meses y luego lo puso en una canasta entre los juncos del río, donde la hija del faraón lo encontró y lo crió como hijo suyo (Éxodo 2:1). Su hermana Miriam vigilaba desde la orilla, y su propia madre fue contratada como nodriza. Así, el futuro libertador de Israel creció dentro del palacio egipcio, formado en toda su sabiduría (Hechos 7:22).
Vivió ciento veinte años, divididos en tres etapas de unos cuarenta años cada una: príncipe en Egipto, pastor en Madián y guía de Israel por el desierto. Es la figura más grande del Antiguo Testamento: el hombre por medio de quien Dios dio la ley, el profeta con quien ningún otro se compara, el que conoció a Dios con una cercanía que nadie más tuvo (Deuteronomio 34:10). Los primeros cinco libros de la Biblia llevan su nombre.
Fue también, según su propio testimonio, un líder que no quería el puesto. Tartamudeaba, discutió con Dios frente a la zarza, perdió la paciencia, y un arrebato lo dejó fuera de la tierra prometida. La Biblia lo describe como el hombre más manso de la tierra (Números 12:3-4), lo que en la Escritura no significa pensar poco de uno mismo, sino depender por completo de Dios.


