Un día le llevaron a Jesús la peor noticia de Jerusalén: Pilato había matado a unos galileos mientras ofrecían sus sacrificios. Jesús mencionó él mismo otra desgracia, una torre de Siloé que se había derrumbado y había matado a dieciocho personas. ¿Eran esos muertos peores que los demás? No, dijo, y lo repitió (Lucas 13:1).

Esa es la pregunta que flota en toda sala de espera de hospital: si Dios es bueno, ¿por qué sufre la gente, y de quién es la culpa? Jesús no la esquivó, y tampoco ofreció una teoría ordenada. Ofreció algo menos común: una manera de enfrentar el dolor con honestidad, compasión y esperanza.

Nunca dijo que el sufrimiento no fuera real

Jesús no les pidió a los que sufrían que pensaran en positivo. En su última noche con los discípulos les dijo sin rodeos que el mundo les traería problemas y, en la misma frase, les pidió valor, porque él ya le había ganado la partida (Juan 16:33). Las dos mitades importan. La aflicción es de esperarse; no es prueba de que Dios se haya ido.

También habló de bendición donde nadie la esperaba. En las Bienaventuranzas llama dichosos a los pobres en espíritu, a los que lloran, a los humildes y a los que tienen hambre de lo justo, y les promete el reino, consuelo, la tierra y quedar saciados (Mateo 5:3). No es que el dolor sea bueno. Es que quienes sufren son vistos y sostenidos.

Rechazó la respuesta fácil

En tiempos de Jesús, mucha gente suponía que el sufrimiento era castigo por algo que uno había hecho. Sus discípulos le preguntaron por un hombre ciego de nacimiento: ¿quién había pecado, él o sus padres? Jesús descartó las dos opciones. Dijo que esa ceguera sería ocasión para que se viera la obra de Dios, y luego lo sanó (Juan 9:1).

Con las víctimas de Pilato y de la torre de Siloé respondió igual. Sí añadió una advertencia, que todos necesitan volverse a Dios, pero no dejó que la gente tratara a los muertos como peores pecadores (Lucas 13:1). Los cristianos han entendido desde hace mucho que debemos ser muy lentos para decir «esto te pasó por lo que hiciste». Eso pertenece a lo que Jesús advirtió, no a lo que enseñó.

Lo conmovía el dolor

Los Evangelios repiten que Jesús sentía compasión al ver a la gente necesitada (Mateo 9:35). Tocó a un hombre con lepra, alguien a quien la ley obligaba a vivir apartado (Marcos 1:40) (Levítico 13:45). Cuando murió su amigo Lázaro, aunque sabía que iba a resucitarlo, se quedó junto a la familia en duelo y lloró (Juan 11:32). Si Jesús nos muestra cómo es Dios, entonces Dios no está lejos del dolor. Llora con los que lloran.

También invitó a la gente a traerle su carga: a quien estuviera agotado y con la espalda doblada por el peso les dijo que fueran a él y recobrarían el aliento (Mateo 11:28). Muchos lectores encuentran que esta invitación tan sencilla es lo más útil que oyen en los tiempos difíciles.

Él también sufrió

Quizá lo más sorprendente de la respuesta cristiana es que Dios no se quedó fuera del sufrimiento. Jesús fue rechazado en su propio pueblo, incomprendido por sus amigos, traicionado, arrestado, golpeado y ejecutado. En el huerto, la noche antes de morir, les dijo a sus amigos más cercanos que la tristeza lo tenía al borde de la muerte, y le preguntó a Dios con toda franqueza si podía pasar de él esa copa de sufrimiento, antes de decir que confiaría en la voluntad del Padre (Mateo 26:36). En la cruz gritó en arameo el primer verso de un antiguo salmo de angustia, preguntándole a Dios por qué lo había abandonado (Marcos 15:34) (Salmos 22:1).

Eso significa que quien se ha sentido abandonado puede decir que Jesús ha estado ahí. La carta a los Hebreos afirma que él comprende nuestra debilidad, porque pasó por toda clase de pruebas como las nuestras, sin pecar, y que podemos acercarnos a él con confianza para recibir misericordia y ayuda (Hebreos 4:15).

Los cristianos creen que la cruz no fue solo solidaridad sino también rescate: que por medio del sufrimiento de Jesús, Dios trató el pecado y la muerte desde su raíz. Han leído al siervo de Isaías, herido por otros, como un retrato de él (Isaías 53:4). Las distintas tradiciones cristianas lo explican de maneras diferentes, pero coinciden en que la historia no termina en la cruz. Termina en la resurrección.

Dijo que el sufrimiento no será para siempre

Jesús prometió que los que hoy lloran serán consolados algún día, y que hay un lugar preparado donde sus seguidores estarán con él (Juan 14:1). El último libro de la Biblia pinta a Dios viviendo con su pueblo, secándole él mismo las lágrimas, sin muerte, sin duelo y sin dolor para siempre (Apocalipsis 21:3). Los cristianos lo sostienen como una promesa y no como un lema: la historia no ha terminado y lo roto será restaurado.

¿Y el sufrimiento que no tiene explicación?

Con honestidad, Jesús no da una explicación completa, y los cristianos discrepan sobre cuánto de este enigma podemos entender. Unos ponen el acento en la libertad humana, otros en que el mundo está quebrantado y todavía no es como debe ser, otros en el misterio de los propósitos de Dios. El libro de Job, que se queda junto al dolor sin explicación de una persona buena, no termina con un argumento sino con un encuentro con Dios (Job 38:1).

Lo que sí pueden decir los cristianos es que el dolor puede vivirse con la compañía de Dios. Pablo, que sufrió muchísimo, escribió que Dios nos consuela en nuestras aflicciones para que nosotros podamos consolar a otros (2 Corintios 1:3), y que los sufrimientos del presente no son el cuadro completo (Romanos 8:18).

Algunos pasos suaves

Si hoy estás sufriendo, no tienes que darle sentido primero. Puedes leer una de las historias de los Evangelios donde Jesús se encuentra con alguien que sufre y ver cómo lo trata. Puedes decirle a Dios exactamente cómo te sientes, sin pulirlo; los Salmos están llenos de personas haciendo justo eso (Salmos 22:1). Y puedes acercarte a otra persona. El sufrimiento tiende a crecer en el silencio y a achicarse un poco en compañía. Si el dolor se ha vuelto desesperación, o has pensado en quitarte la vida, habla hoy mismo con un médico, un consejero o un pastor, o llama a una línea de crisis de tu país (en Estados Unidos, llama al 988 y marca 2 para español, o envía AYUDA por texto al 988).

Jesús no prometió una vida sin dolor. Prometió su presencia en medio de él y un futuro más allá. Muchas personas, durante más de dos mil años, han encontrado que eso basta para seguir adelante.