En el Sinaí, Dios le recordó a Israel que lo había sacado de Egipto como sobre alas de águila, y lo invitó a ser su tesoro especial, un reino de sacerdotes y una nación santa, si guardaba su pacto (Éxodo 19:4). El monte estaba cubierto de humo y fuego, temblaba, y el sonido de la trompeta crecía hasta que el pueblo se estremeció. Entonces Dios pronunció los Diez Mandamientos.
“Dios le dijo al pueblo de Israel:”
El pacto se selló con sacrificio y sangre, y Moisés, Aarón y los ancianos vieron al Dios de Israel y comieron y bebieron en su presencia (Éxodo 24:9). Luego Moisés pasó cuarenta días en el monte recibiendo las instrucciones para el tabernáculo, donde Dios habitaría en medio de su pueblo. Mientras tanto, abajo, el pueblo convenció a Aarón de hacer un becerro de oro (Éxodo 32:1). Moisés rompió las tablas, intercedió por el pueblo, y Dios renovó el pacto mostrándose compasivo, clemente, lento para la ira y lleno de amor fiel (Éxodo 34:5-6). Moisés bajó con el rostro resplandeciente (Éxodo 34:29).
Siglos después, Elías, agotado y huyendo de Jezabel, caminó cuarenta días hasta Horeb. Ahí Dios no estaba en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en un susurro suave y delicado, y desde ahí envió de vuelta a su profeta desanimado (1 Reyes 19:8).
El Nuevo Testamento recuerda el Sinaí. Esteban habla del ángel en la zarza y de las palabras de vida que Moisés recibió ahí (Hechos 7:30). Pablo usa el Sinaí como imagen del antiguo pacto (Gálatas 4:24), y Hebreos contrasta aquel monte que daba miedo con la reunión gozosa en el monte Sión por medio de Jesús (Hebreos 12:18).