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Sobre este capítuloJesús lleva a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto, donde se transfigura: su rostro resplandece y aparecen Moisés y Elías conversando con él. Una voz desde una nube lo declara Hijo amado y ordena a los discípulos escucharlo. Al bajar, Jesús explica que la misión de Elías se cumplió en Juan el Bautista, y luego sana a un muchacho al que los discípulos no pudieron ayudar; les dice que hasta una fe pequeña como una semilla de mostaza puede mover montañas. Vuelve a anunciar su muerte y resurrección, y dispone el pago del impuesto del templo con una moneda hallada en la boca de un pez.

Jesús lleva a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto, donde se transfigura: su rostro resplandece y aparecen Moisés y Elías conversando con él. Una voz desde una nube lo declara Hijo amado y ordena a los discípulos escucharlo. Al bajar, Jesús explica que la misión de Elías se cumplió en Juan el Bautista, y luego sana a un muchacho al que los discípulos no pudieron ayudar; les dice que hasta una fe pequeña como una semilla de mostaza puede mover montañas. Vuelve a anunciar su muerte y resurrección, y dispone el pago del impuesto del templo con una moneda hallada en la boca de un pez.

Temas

  • Gloria de Cristo
  • Escuchar al Hijo
  • Fe como semilla
  • Sufrimiento anunciado

Versículos clave

Biblia en audio · Mateo 17

Escucha mientras haces tus cosas.

Mateo 17

Nueva Biblia Viva27 versículos · 3 min de lectura

Nueva Biblia Viva © Biblica, Inc. — CC BY-SA 4.0

1Seis días después, Jesús, con Pedro, y Jacobo y Juan (que eran hermanos), subió a la cima de un elevado monte para estar a solas. 2Allí Jesús se transfiguró delante de los discípulos. Su rostro se volvió brillante como el sol, y su ropa blanca como la luz. 3De pronto, Moisés y Elías aparecieron y se pusieron a hablar con él. 4Pedro, atónito, balbució: ―Señor, ¡qué bueno que nos pudiéramos quedar aquí! Si quieres, podemos hacer tres enramadas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. 5Pero mientras hablaba, una nube resplandeciente los cubrió y una voz dijo desde la nube: «Este es mi Hijo amado; en él me complazco. Obedézcanlo». 6Los discípulos se postraron en tierra temblando de miedo. 7Jesús se les acercó y los tocó.―Levántense—les dijo—.No tengan miedo. 8Y al levantar la mirada, encontraron a Jesús solo. 9Al descender de la montaña, Jesús les ordenó que no le dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que él se levantara de entre los muertos. 10Los discípulos le preguntaron: ―¿Por qué los maestros de religión insisten en que Elías regresará antes que aparezca el Mesías? 11―Ellos tienen razón—les respondió Jesús—.Elías tiene que venir a poner las cosas en orden. 12Y, en efecto, ya vino, pero en vez de reconocerlo, lo trataron con la misma crueldad con que me tratarán a mí, que soy el Hijo del hombre. 13Los discípulos comprendieron que se refería a Juan el Bautista. 14Cuando llegaron al valle, la gente los esperaba; y un hombre corrió y se puso de rodillas ante Jesús. 15―Señor —dijo—, ten misericordia de mi hijo, que está enfermo de la mente y padece muchísimo. Muchas veces se cae en el fuego o en el agua, con peligro de su vida. 16Lo traje a tus discípulos; pero no pudieron curarlo. 17―¡Oh generación incrédula y perversa!—dijo Jesús—.¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? ¡Tráiganme al muchacho! 18Jesús reprendió al demonio que estaba en el muchacho, y el demonio salió. Desde aquel instante el muchacho quedó bien. 19Más tarde, los discípulos le preguntaron en privado a Jesús: ―¿Por qué no pudimos echar fuera aquel demonio? 20―Porque tienen muy poca fe—les respondió Jesús—.Si tuvieran siquiera una fe tan pequeña como un grano de mostaza, podrían decirle a aquella montaña que se quitara de en medio y se quitaría. Nada les sería imposible. 21Pero este tipo de demonio no sale a menos que uno haya orado y ayunado. 22Un día, estando aún en Galilea, les dijo:«Alguien me va a traicionar y me va a entregar a los que quieren matarme, 23pero al tercer día resucitaré».Los discípulos se estremecieron de tristeza y temor. 24Al llegar a Capernaúm, los cobradores de impuestos del templo le preguntaron a Pedro: ―Tu Maestro, ¿paga impuestos? 25―¡Claro que los paga! —les respondió Pedro—, e inmediatamente entró a la casa a hablarle a Jesús sobre el asunto. No había pronunciado todavía la primera palabra, cuando Jesús le preguntó: —¿A quién crees tú, Pedro, que cobran tributos los reyes de la tierra? ¿A sus súbditos o a los extranjeros? 26―A los extranjeros, claro —respondió Pedro. 27―Entonces, los suyos quedan exentos, ¿verdad?—añadió Jesús—.Sin embargo, para que no se ofendan, vete al lago y echa el anzuelo, pues en la boca del primer pez que saques hallarás una moneda que alcanzará para tus impuestos y los míos.
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