Sobre este capítuloEn el año catorce del rey Ezequías, Senaquerib, rey de Asiria, invade Judá y toma sus ciudades fortificadas. Su comandante, el Rabsaces, se planta fuera de Jerusalén y se burla del pueblo en hebreo, ridiculizando la confianza de Ezequías en Dios y en Egipto, al que llama caña quebrada. Argumenta que ningún dios de ninguna nación la ha librado de Asiria, así que por qué sería distinto el Dios de Judá. Exhorta al pueblo a rendirse a cambio de un exilio pacífico y próspero. Los oficiales de Ezequías rasgan sus vestiduras, y el pueblo, por orden del rey, guarda silencio sin responder. El capítulo prepara el choque entre el poder humano y la fe en Dios.
En el año catorce del rey Ezequías, Senaquerib, rey de Asiria, invade Judá y toma sus ciudades fortificadas. Su comandante, el Rabsaces, se planta fuera de Jerusalén y se burla del pueblo en hebreo, ridiculizando la confianza de Ezequías en Dios y en Egipto, al que llama caña quebrada. Argumenta que ningún dios de ninguna nación la ha librado de Asiria, así que por qué sería distinto el Dios de Judá. Exhorta al pueblo a rendirse a cambio de un exilio pacífico y próspero. Los oficiales de Ezequías rasgan sus vestiduras, y el pueblo, por orden del rey, guarda silencio sin responder. El capítulo prepara el choque entre el poder humano y la fe en Dios.
1Así que en el año catorce del reinado del rey Ezequías llegó Senaquerib, rey de Asiria, a atacar las ciudades amuralladas de Judá, y las conquistó.2Luego, al frente de un gran ejército, envió desde Laquis a su representante personal para que se entrevistara con el rey Ezequías en Jerusalén. Acampó cerca del acueducto del estanque de arriba, por el camino del campo donde se blanquean telas.3Eliaquín, hijo de Jilquías, primer ministro de Israel, Sebna escriba del rey, y Joa, hijo de Asaf, secretario real, se constituyeron en comité de tregua y salieron de la ciudad a su encuentro.4El embajador asirio les dijo que fueran a decirle a Ezequías: «El poderoso rey de Asiria dice que eres un necio si piensas que el rey de Egipto te ayudará.5¿Qué valor tienen las promesas del faraón? Las palabras solas nada son ante la fuerza, ¡y tú confiando en su ayuda, te has rebelado contra mí!6Egipto es un aliado peligroso. Es vara afilada que te atravesará la mano si te apoyas en ella. Eso les ha pasado a cuantos han buscado apoyo en él.7Pero quizá digas: “¡Confiamos en el Señor Dios nuestro!”. ¿Ah, sí? ¿No es acaso el mismo a quien su rey insultó, derribando sus templos y altares en los montes y haciendo que todos los de Judá adoren únicamente en los altares aquí en Jerusalén?8»Mi señor, el rey de Asiria, quiere hacer contigo una pequeña apuesta: ¿A que en tu ejército no te quedan dos mil hombres? Si te quedan, él te dará dos mil caballos para que ellos los monten. Con tan insignificante ejército, ¿cómo crees poder enfrentarte siquiera al más pequeño escuadrón de mi señor? Porque de Egipto no obtendrás socorro.10Es más: ¿crees que he venido acá sin que el Señor me dijera que me apoderara de esta tierra? El Señor me dijo: “Ve y destrúyela”».11Entonces Eliaquín, Sebna y Joa le dijeron: ―Te rogamos que nos hables en arameo que nosotros entendemos bastante bien. No nos hables en hebreo, porque te oirá la gente de la muralla.12Pero él respondió: ―Mi señor quiere que todos los de Jerusalén escuchen esto y no solamente ustedes. Quiere que sepan que si no se rinden, esta ciudad será asediada hasta que cada uno tenga tanta hambre y tanta sed que se coma sus propios excrementos y se beba su propia orina.13Luego gritó en hebreo a los judíos que escuchaban desde la muralla: ―¡Escuchen las palabras del gran monarca, el rey de Asiria!14No dejen que los engañe Ezequías; nada que él haga los salvará.15No dejen que les haga confiar en el Señor diciendo que el Señor no permitirá que el rey de Asiria los conquiste.16No escuchen a Ezequías, porque este es el ofrecimiento que el rey de Asiria les hace: Entréguenme un obsequio como prenda de rendición; abran las puertas y salgan, y yo haré que cada uno posea su hacienda, su huerto y agua,17hasta que haga los arreglos para llevarlos a un país muy semejante a este, a una tierra de abundantes cosechas de trigo y uvas, un país de abundancia.18No permitan que Ezequías los prive de todo esto diciendo que el Señor los librará de mis ejércitos. Los dioses de alguna otra nación, ¿han triunfado jamás sobre los ejércitos del rey de Asiria?19¿No recuerdan lo que les hice a Jamat y a Arfad? ¿Los salvaron acaso sus dioses? ¿Y qué de Sefarvayin y Samaria? ¿Dónde están ahora sus dioses?20De todos los dioses de estas tierras, ¿cuáles han librado alguna vez de mi poder a su pueblo? ¡Nómbrenme siquiera uno! ¿Y creen que este Dios suyo pueda librar de mis manos a Jerusalén? ¡No sean ridículos!21Pero el pueblo permaneció en silencio, no respondió palabra porque Ezequías les había dicho que no replicaran nada.22Entonces Eliaquín, hijo de Jilquías, primer ministro, Sebna, el escriba real, y Joa, hijo de Asaf, secretario real, volvieron a donde estaba Ezequías con la ropa hecha trizas en señal de desesperación y le contaron todo lo ocurrido.
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